Cumpleaños de la web: de la libertad al monopolio


La World Wide Web (WWW) cumplió este 12 de marzo 30 años de vida, Google está por alcanzar los 25 y Facebook ya tiene 15. Son recientes. Si fueran seres humanos -una escala de vida corta para las grandes empresas, que generalmente traspasan generaciones-, todavía serían jóvenes o adolescentes. Sin embargo, han cambiado al mundo de un modo que era inimaginable, y a la vez condicionan su futuro en términos culturales, políticos, económicos y sociales. Tanto, que algunas voces poderosas ya se alzan para decir que el futuro mismo de la web y de la humanidad requieren que se les ponga un límite a los gigantes de la red obligándolos incluso a desintegrarse en empresas más pequeñas y sujetas al control regulatorio del Estado, una iniciativa que abre interrogantes sobre el devenir de la red.

Vayamos por partes. La Web e Internet no son la misma cosa. La primera corre dentro de la segunda, donde también corren otros servicios. Es común por estos días escuchar que Internet es la que festeja las tres décadas, pero no es cierto.

Internet es el soporte físico y tecnológico por el cual millones de servidores y computadoras de todo el mundo se conectan entre sí y su historia se remonta hasta mediados de los años 50, cuando una iniciativa del sistema de defensa de los Estados Unidos comenzó a explorar mecanismos alternativos para la comunicación, que no dependieran de las señales de radio, fácilmente neutralizables en un contexto de guerra nuclear masiva como la que se temía en plena Guerra Fría. Hacia la década de los 60 esa tecnología militar de comunicación fue cedida al uso científico mediante la interconexión de las incipientes redes informáticas universitarias, pero no fue hasta 1972, con la presentación formal del protocolo TCP/IP (aún en uso) creado por Vinton Cerf y Robert E. Kahn, que Internet comenzó a ser una realidad global en el mundo de las ciencias y el conocimiento.

Sin embargo, hubo que esperar hasta 1989 para que Tim Berners-Lee, científico del CERN (un centro de investigación avanzada de Europa) diseñara y propusiera el empleo de un código que permitía la vinculación y el intercambio de archivos de manera sencilla, entre servidores, sin intervención de personas en la organización y la provisión de la documentación. Se trataba del conjunto de protocolo HTTP y lenguaje de programación HTML, que aún hoy se usan para el diseño de páginas y su la visualización en un navegador. Esa es la web.

Tim Berners Lee, el creador de la web, en una imagen de principios de los 90. Atrás, su primer sitio.

De este último hito se han cumplido 30 años. Lo sucedieron la aparición de navegadores gráficos e intuitivos como Mosaic o el posterior Netscape -aplastados luego por la prepotencia de Microsoft con su Explorer-, que le fueron dando a la web una fisonomía similar a la que vemos hoy.

“Su diseño es universal, libre de regalías, abierta y descentralizada. Miles de personas han trabajado de forma conjunta para construir a esa incipiente Web en una sorprendente plataforma de colaboración que no conoce fronteras”, proclamó su creador respecto de la web.

A partir de allí, todo fue muy rápido. Los directorios primero listaron las páginas web que se creaban a un ritmo exponencial, y los buscadores enseguida perfeccionaron esa tarea, hasta llegar a la eficiencia de Google, que se quedó con casi todo. El siguiente paso fueron las redes sociales junto con la compatibilidad móvil y las aplicaciones para celular.

Y aquí estamos. A las puertas del 5G, con una red cada vez más ubicua e imprescindible. Abierta a cualquiera que quiera generar contenido o consumirlo sin pagar derechos por su uso, como quería Berners-Lee, pero a la vez dominada por un puñado de grandes jugadores que cada vez concentran más poder e información a nivel global y se quedan con el grueso del negocio, a punto tal que la creación de nuevas empresas tecnológicas ha comenzado a frenarse en los últimos años, aplastadas por el poder y la ambición de los gigantes.

¿Es el tiempo de romperlas?

“Las grandes compañías tecnológicas de hoy tienen demasiado poder, demasiado poder sobre nuestra economía, nuestra sociedad y nuestra democracia. Han derribado la competencia, han utilizado nuestra información privada con fines de lucro y han inclinado el campo de juego contra todos los demás. Y en el proceso, han perjudicado a las pequeñas empresas y han sofocado la innovación”.

Esa dura acusación, fundamentalmente contra Google, Facebook y Amazon, no salió de la mente conspirativa de alguna organización antisistema. Es parte de una propuesta de una senadora demócrata por el estado de Massachussets, Estados Unidos, y precandidata a la presidencia por esa fuerza política.

Concretamente, Elizabeth Warren propone llevar a cabo “grandes cambios estructurales en el sector de la tecnología para promover una mayor competencia, incluyendo la división de Amazon, Facebook y Google”.

Acusa a la primera de quedarse con la mitad del comercio electrónico, y a las otras dos de acumular el 70 por ciento del tráfico de Intenet. Las cifras de facturación no las menciona en su argumentación, pero también provocan escalofríos. Google, por ejemplo, facturó durante 2017 más de 90 mil millones de dólares, pero la cifra creció en 2018. En los primeros seis meses del año pasado la facturación había escalado hasta los 63.803 millones de dólares -un poco más que las reservas totales declaradas por el Banco Central de la República Argentina-, con una cuenta bancaria que acumulaba un total de 102 mil millones de dólares.

Pero no todo es dinero. La información que esas empresas manejan de miles de millones de habitantes de todo el planeta también implica una forma de poder y control sobre la cual no hay control público.

“A medida que estas compañías se han hecho más grandes y más poderosas, han usado sus recursos y control sobre la forma en que usamos Internet para aplastar a las pequeñas empresas y la innovación, y sustituir sus propios intereses financieros por los intereses más amplios del pueblo estadounidense. Para restablecer el equilibrio de poder en nuestra democracia, promover la competencia y garantizar que la próxima generación de innovación tecnológica sea tan vibrante como la anterior, es hora de romper (brake up) nuestras mayores empresas de tecnología”, precisa Warren, que pide por Internet la adhesión de la sociedad a su proyecto.

Básicamente, los caminos que emplean para bloquear nuevos competidores y fortalecer su poder monopólico son dos: Recurren a fusiones para bloquear a la competencia, como la compra de Instagram y Whatsapp por parte de Facebook, o la de Waze por parte de Google; y abusan de sus condiciones en entornos propios para ahogar a la competencia: Amazon para vender por sí misma en su propia plataforma o Google penalizando en las búsquedas a competidores que brindan servicios similares a otros que ofrecen ellos mismos.

Hace menos de un año, la Comisión Europea sancionó a Google por su posición dominante en el campo de los sistemas operativos para telefonía celular -Android es empleado por el 80 por ciento de los móviles del planeta- con la aplicación de una multa de 5 mil millones de dólares.

“Google ha usado Android como vehículo para cimentar su dominio como motor de búsqueda. Estas prácticas han negado a los rivales la posibilidad de innovar y competir en función de los méritos, han negado a los consumidores europeos el beneficio de la competencia efectiva en un mundo tan importante como es el de los celulares, y esto es ilegal según las normas antimonopolio de la UE”, había declarado en ese entonces Margrethe Vestager, comisaria europea de Competencia.

Pese impacto que genera el monto de la multa, en realidad equivalió a un poco más de dos semanas de facturación de Google Alphabet, lo que demuestra que no alcanza con sanciones económicas, sino que es necesaria una nueva regulación legal, no tanto sobre internet, que permanece descentralizada, sino sobre la web. Es necesario que un nuevo ordenamiento jurídico devuelva el equilibrio perdido, tanto entre las empresas y los usuarios, como entre los gigantes informáticos y los propios estados nacionales, que se exhiben muchas veces distraídos o indefensos ante los avanzas globales de esas grandes compañías.

El crecimiento exponencial del poder y la influencia de estas compañías obliga a no demorar más aquellas acciones que redefinan las reglas de juego, si es que eso aún es posible. Si no, los escenarios distópicos que imagina con frecuencia la ficción cinematográfica para el futuro probablemente sean cada día menos ficcionales.

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