Hasta los dientes, Belgrano


José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y Peri murió a las 7 de la mañana del 20 de junio de 1820, el año conocido como el de la ‘anarquía’ y en el día conocido como el de los ‘tres gobernadores’, ese día en el que tanto Ildenfonso Ramos Mexía, como el Cabildo porteño y el general de los Andes Miguel Estanislao Soler, se atribuyeron el derecho de “clavar su asador en el Fuerte”, como gustaba decir Manuel Dorrego.

Pobre de solemnidad, le pagó a su médico el estadounidense Joseph Redhead, con su última posesión: un reloj de bolsillo de oro y esmalte, con cadena de cuatro eslabones con pasador, con el monograma Belgrano grabado que le había regalado el rey Jorge III de Inglaterra. Ese reloj, que fue donado al Museo Histórico Nacional en 1901 por Carlos Vega Belgrano, sería robado en julio de 2007.

En sus horas finales entre el láudano para aliviar su hígado destrozado, otro amigo galeno, Juan Sullivan tocaba el clavicordio para alegrarlo en sus últimas horas. Entre dominicos, familiares, como su hermana Juana, y amigos como Manuel de Castro y Celedonio Balbín quien le prestó los 2000 pesos que necesitaba para que pudiese regresar a Buenos Aires, donde sabía que habría de morir tras haber eludido los grilletes en Tucumán.

“Se vio abandonado de todos el general Belgrano, nadie lo visitaba, todos se retraían a hacerlo”, se indignaba Balbín.

Belgrano, vencedor de las armas del Rey en Tucumán y Salta, murió en la miseria. Un mes antes, el gobernador le había adelantado apenas 300 pesos a cuenta los más de 13.000 que se le debían como jefe del Ejército del Perú, cargo para el que el entonces Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón lo había designado en 1816. Se los dio a Balbín a cuenta de los 2000 que le debía.

Sólo el Despertador Teofilantrópico Místico-Político dirigido por el frayle Francisco de Paula Castañeda, se indignó por el triste, ingrato y pobre funeral que se había dado a quien San Martín calificó como “lo mejor que tenemos en América del Sur”.  “Triste funeral, pobre y sombrío, que se hizo en una iglesia junto al río, en esta capital al ciudadano, brigadier general Manuel Belgrano”, escribió.

En ese entierro vacío de gentes, un cajón de pino barato cubierto con cal y un velo negro fue su ataúd, y un trozo de mármol arrancado de la cómoda de su madre como lápida.

Un año después, cuando gobernaba la provincia Martín Rodríguez apoyado en las lanzas y las vacas de Juan Manuel de Rosas le armaron un funeral de ocasión y opereta entre misas, salvas de cañonazos, velones negros y uniformes de luto.

Durante la segunda presidencia de Roca, la Argentina opulenta de entonces decidió que era hora de cagarse -una vez más – en el legado de Belgrano (aún no se habían construido las cuatro escuelas con los 40.000 pesos otorgados al improvisado general por sus victorias y que éste había donado) y sin respetar su deseo de descansar en una tumba austera y se llamó a un concurso para erigirle un mausoleo por suscripción popular para el que se convocó a un concurso internacional que ganó el italiano Ximenes y pusieron manos a la obra.

El 4 de setiembre de 1902 una comisión que integraban, entre otros, un nieto y un bisnieto del prócer y los ministros Joaquín V. González y Pablo Ricchieri exhumó los restos de Manuel Belgrano. Debajo de la lápida no hallaron ningún ataúd y temieron lo peor: una profanación.

Luego, unos clavos, tachuelas y huesos dispersos los llevaron a concluir que el cajón barato se había desecho.

En ese marco, los ministros González y Ricchieri se llevaron un par de dientes del General ¿La excusa posterior? La de González, mostrarlo a sus amigos. La de Ricchieri llevárselo a Mitre para ver si convenía engarzarlo en oro antes de devolverlo.

La Nación así contó el episodio: “… A medida que se extraían se depositaban en una bandeja de plata, que sostenía uno de los monjes del convento. Las tibias se descubrieron en la tierra colocadas casi paralelamente, pero al sacarlas quedaron reducidas a pequeños fragmentos. (…) Se han encontrado en relativo buen estado algunos dientes. (…) La urna fue depositada bajo el altar mayor esperando la terminación de los trabajos del suntuoso mausoleo”.

Pero lo interesante fue el relato de La Prensa: “En el sepulcro del General Belgrano. Exhumación de sus restos. Un acta defectuosa. Repartición de dientes entre los ministros… en la tumba de Belgrano se encontraron varios dientes en buen estado de conservación, y admírese el público: esos despojos sagrados se los repartieron buena, criollamente, el ministro del Interior y el ministro de Guerra. Ese despojo hecho por los dos funcionarios nacionales que nombramos debe ser reparado inmediatamente, porque esos restos forman parte de la herencia que debe vigilar severamente la gratitud nacional; no son del Gobierno sino del pueblo entero de la República y ningún funcionario, por más elevado o irresponsable que se crea, puede profanarla. Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la Nación.”

Bajo presión, los ministros restituyeron los dientes. Fray Modesto Becco, uno de los monjes presentes y el probable denunciante fue quien recibió los dientes y quien escribió la carta final a La Prensa: “El Excelentísimo señor Ministro del Interior Joaquín V. González, que llevó un diente del General Belgrano para mostrárselo a varios amigos, acaba de remitirme esa preciosa reliquia del glorioso prócer de la Patria, la cual está en mi poder y bajo custodia de esta comunidad, como el demás resto de sus cenizas”.

El hecho mereció que la revista Caras y Caretas publique una caricatura en la que el espíritu de Belgrano increpa a sus depredadores: “¡Hasta los dientes me llevan! ¿No tendrán bastante con los propios para comer del presupuesto?”

Hablemos de mausoleos y pobrezas.

De quienes se empobrecieron hasta el hambre por la patria y de quienes acumulan cajas de seguridad.

De quienes donan sus premios y sueldo y de quienes diciendo admirarlos timan al sistema para quedarse con unos pesos más.

De los 40.000 pesos que donó en 1812 para la construcción de escuelas. La de Tarija se inauguró en 1974; la de Tucumán en 1998 y la de Jujuy en 2004. La de Santiago del Estero se inauguró en 1882 y cerró en 1926.

¿Aprendimos algo?

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