Las escuelas de Belgrano


 “Y he creído propio de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de mi patria, destinar los expresados 40.000 pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras.”

Ese párrafo es el corolario de la carta a través de la cual Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano comunicó a la Asamblea General Constituyente y Soberana del Año 1813 su decisión de donar el dinero que ésta le había concedido por sus “grandes victorias” en las batallas de Tucumán y Salta.

Esos 40 mil pesos fuertes serían -dicen los que sacan cuentas-, el equivalente a 80 kilos de oro de ley y, en ese entonces, sumaban cerca del cuatro por ciento de las exportaciones de buenos Aires. También lo recompensaron junto a un sable con empuñadura de oro y una medalla al valor, único objeto que Belgrano conservó hasta su muerte.

El fervor por la educación no era nuevo en Belgrano, durante su estadía en Salamanca elaboró un plan de acción de seis puntos. Uno de ellos dedicado a la educación: “Antiguamente se halló en la política la máxima siguiente: ´Es bueno, mantener la gran masa del pueblo en la ignorancia, idea que, aunque no fuera indigna del hombre, se opone directamente al verdadero interés del Soberano. (…) Ése es uno de los objetivos más importantes del gobierno. Vasallos dichosos y Soberano poderoso, son los resultados del estado actual de las escuelas públicas, y de la educación lugareña, que después de mil ensayos, se han establecido en varias provincias de Alemania, Suecia, Inglaterra, etc. (…) Por este medio se logran en la gran masa de una nación costumbres sanas.”

De regreso en Buenos Aires y desde su cargo de secretario perpetuo del Consulado de Comercio insistirá en la importancia de fomentar la educación pública. Fue así que en su primera memoria consular -presentada en 1796- propuso crear una escuela de Comercio, una de Náutica, una academia de Geometría y Dibujo; escuelas agrícolas, de hilanzas de lana y de algodón; de enseñanza primaria, gratuita y obligatoria en todo el reino, y escuelas para mujeres.

Belgrano no era un romántico o un idealista sino que fundamentaba sus propuestas basándose en impacto en la economía y su impacto en las arcas reales: “Una de las causas a que atribuyo el poco producto de las tierra y el ningún adelantamiento del labrador (…) [es] porque no se mira a la agricultura como un arte que tenga necesidad de estudio, de reflexiones o de reglas”, escribió.

Incansable, desgrana argumentos a puñados. Argumentos que son los mismos que leemos hoy a más de dos siglos de distancia: “el mejor medio de socorrer la mendicidad y miseria es prevenirla y atenderla en su origen”, señalaba y explicaba que “a estas infelices gentes que, acostumbradas a vivir en la ociosidad, como llevo expuesto, desde niños, les es muy penoso el trabajo en la edad adulta y [son] o resultan unos salteadores o mendigos; estados seguramente deplorables, que podían cortarse si se les diese auxilio desde la infancia, proporcionándoles una regular educación, que es el principio de donde resultan ya lo bienes ya los males de la sociedad.”

Gratuidad y lugar para las niñas

Proponía también la gratuidad de la enseñanza para que los pobres pudieran “mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción: allí se les podría dictar buenas máximas e inspirarles amor al trabajo, pues un pueblo donde no reine éste, decae el comercio y toma lugar la miseria; las artes que producen abundancia que las multiplica después en recompensa, decaen; y todo, en una palabra, desaparece, cuando se abandona la industria, porque se cree no es de utilidad alguna.”

Otra propuesta que habrá causado hilaridad en Madrid debió haber sido “poner escuelas gratuitas para las niñas, donde se les enseñase doctrina cristiana, a leer, escribir, coser, bordar, etc., y principalmente, inspirándoles amor al trabajo, para separarlas de la ociosidad.”

“Séanos lícito aventurar la proposición de que es más necesaria la atención de todas las autoridades, de todos los magistrado, y de todos los ciudadanos para los establecimientos de la enseñanza de niñas, que para fundar una Universidad. (…) Con la Universidad, habría aprendido algo de verdad nuestra juventud en medio de la jerga escolástica, y se habría aumentado el número de nuestros doctores, pero ¿equivale esto a lo que importa la enseñanza de las que mañana han de ser madres?”, sostenía.

Todas estas propuestas eran acompañadas de fundamentaciones, estudios de factibilidad, reglamentos de funcionamiento y un completo detalle de las ventajas fiscales para la corona.

“El maestro debe ser bien remunerado, por ser su tarea de las más importantes de las que se puedan ejercer”, apuntó.

Proponía, en síntesis, una educación para elevar las condiciones de vida. Fisiócrata, no creía en que la disponibilidad infinita de ganado fuera una bendición sino una oportunidad. En ese sentido proponía “traer de Europa a maestros curtidores, o en enviar seis estudiantes a capacitarse en dicho oficio” o aplicar las Matemáticas para mejorar las maquinarias y potenciar la agricultura.

¿A cuánto ascendería hoy el legado de Belgrano si le sumáramos intereses? Hay quienes sostienen que estamos hablando de una suma cercana al millón y medio de dólares que al 5 por ciento anual equivaldrían a casi 45 billones de dólares. Pero son juegos de contadores.

Fiel a su estilo, Belgrano escribió un reglamento para las futuras escuelas. En él dispuso todo lo necesario para que se impartiese una educación adecuada que fuera gratuita para los alumnos y con un sueldo digno para los maestros. Calculaba -también- la proporción de papel, tinta y libros para sus alumnos y se daba tiempo para recalcar que “en las funciones de los Patrones de la ciudad, del Aniversario de nuestra regeneración política, y otras de celebridad, se le dará asientos al Maestro en cuerpo de Cabildo, reputándosele por un Padre de la Patria.”

En 1818, las provincias beneficiarias hicieron un reclamo en conjunto al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón que fue respondido en 1823 por Bernardino Rivadavia quien sostuvo que no había podido dar con los fondos. Diez años después el gobernador de Buenos Aires, Juan Ramón Balcarce, admitió oficialmente que ese dinero formaba parte de la enorme deuda de la provincia de Buenos Aires. En 1858, Amadeo Jacques, reflotó el tema y en 1870, el Estado bonaerense reconoció públicamente que los fondos existían.

En 1882, los fondos belgranianos pasaron a una ingeniosa cuenta llamada Fondos Públicos Primitivos cuenta en la que -según la investigadora tucumana, Marta Dichiara- durante cuarenta y cinco trimestres, el Banco Provincia dispuso de los recursos donados por Belgrano, sin pagar un centavo de interés.

Pero volvamos a las escuelas a las que lega Belgrano su premio y que dispuso se abrieran en Tucumán, Santiago del Estero, Jujuy y Tarija.

Jujuy

La ciudad de San Salvador de Jujuy decidió comenzar con las obras en 1813 sin esperar los fondos desde Buenos Aires, pero el avance de los ejércitos realistas que bajaban del Alto Perú detuvo las obras.

En comunicación al cabildo jujeño el 9 de septiembre de 1818 Belgrano admite que ya no cuenta con recursos de su peculio para materializar la fundación propuesta y sugiere una suscripción pública entre el vecindario para que de algún modo la proyectada escuela llegue a funcionar.

Tras el reconocimiento de las deudas por parte del gobernador bonaerense Martín Rodríguez el ayuntamiento de Tarija y el cabildo jujeño designan al presbítero José Miguel de Zegada, para percibir los réditos para su escuela en Buenos Aires, potestad que Zegada transfiere a Dionisio Hornos primero y a Francisco Berdier después.

Y así fue que un 3 de abril de 1825 el Cabildo jujeño logró inaugurar la escuelita, solventada con fondos propios. Apenas funcionó tres años pues cerró en 1828, en medio de las guerras civiles.

“Será eterna la gratitud de las generaciones venideras, con el tiempo dará buenos padres de familia, ciudadanos a la República e ilustres defensores de la Patria”, agradeció el Cabildo jujeño el gesto de Belgrano.

Según Bartolomé Mitre el pago de los réditos a la escuela de Jujuy por parte de la Oficina del Crédito Público de Buenos Aires se habría extendido por 1856, cuando publicó la primera edición de su Historia de Belgrano y la independencia argentina.

Recién en 1997 se licitó la obra y ganó una firma que se declaró en quiebra lo que obligó a que la escuela funcione en lugares prestados: un regimiento, una iglesia, una guardería municipal y un templo evangélico.

Hubo que llegar al 2000 para que se anuncie el reinicio de la obra. Un inicio trunco porque la empresa adjudicataria de la licitación quebró. Un año después se volvió a licitar, pero la empresa desistió de la obra por lo que en 2002 se rescindió el contrato que se adjudicó a una nueva empresa que construyó diez aulas para el nivel primario, una sala de informática, sanitarios, un salón de usos múltiples, un jardín de infantes, ocho aulas para nivel secundario, dos aulas especiales, biblioteca y patio.

La escuela, que lleva el número 452 y Legado belgraniano como nombre, está emplazada en el humilde barrio de Campo Verde, a tres kilómetros del centro de San Salvador de Jujuy. Costó a 700.000 dólares y fue inaugurada el 7 de julio de 2004.

Tarija

En tiempos de la donación Tarija formaba parte de Salta. Tras la independencia del Alto Perú, la villa eligió integrarse a la flamante república Bolivar donde hoy se erige la Unidad Educativa General Manuel Belgrano que se construyó con dinero argentino y fue inaugurada en 1974 durante la tercera presidencia de Juan Domingo Perón.

Tras Ayacucho, el ayuntamiento de Villa Bernardo de la frontera de Tarija declara que “con la dotación que mandó fundar el excelentísimo señor general don Manuel Belgrano de inmortal memoria, se erigiese a favor de esta provincia una escuela de primeras letras, cuyos réditos debiesen empezar a correr desde el día de su establecimiento, cuyo patronato se ha declarado por dicho Supremo Gobierno pertenecer a esta Municipalidad y que esta nombrase interinamente un maestro de ella, hasta que fijándose carteles para la oposición a dicha escuela, reúna las cualidades que exige el reglamento del expresado señor general: debíamos mandar y mandamos que desde el día de mañana 17 del corriente, se abra la Escuela Pública de primeras letras para la instrucción de la juventud.” 

Durante años, Jujuy y Tarija compartieron gestión de cobranzas hasta que pasó a la jurisdicción de la República de Bolivia.

El complejo ocupa una manzana de superficie, en la que funcionan desde entonces cuatro escuelas de nivel primario y secundario.

Tucumán

Como si faltara poco con los manejos de los dineros donados por Belgrano, Juan Bautista Alberdi en su autobiografía sumó confusión al haber contado que había estado en la escuela de Belgrano.

“Allí recibí sus caricias y más de una vez jugué con los cañoncitos que servían a los estudios académicos de sus oficiales en el tapiz de su casa de campo en la Ciudadela”, escribió aunque hablaba no de escuela del legado sino de la que el “generalito improvisado” había financiado con sus sueldos para enseñar a leer y a escribir a 500 soldados.

La otra escuela, la del legado, fue anunciada por Belgrano al cabildo de Tucumán en mayo de 1813 junto con la documentación respaldatoria y copia del reglamento escolar. A tal efecto, el ayuntamiento habilitó un local y en noviembre llamó a concurso de oposición para el cargo de maestro.

“Debiendo establecerse en esta Ciudad, una escuela de enseñar a leer, escribir y contar, la Gramática Castellana; los fundamentos de nuestra Religión Sagrada y la Doctrina Cristiana, por el Catecismo de Astete y Fleury y el Compendio de Pouget; los primeros rudimentos sobre el origen y objeto de la Sociedad; los derechos del hombre en esta y sus obligaciones hacia ella y al gobierno que la rige, dotada por el señor General en Jefe del Ejército Auxiliar de la Patria, don Manuel Belgrano, con quinientos pesos al año; cuatrocientos de sueldo para el maestro y cien para útiles escolares de la Escuela; por lo que el individuo que quisiera entrar en la oposición, se presentará en esta ciudad dentro del término de veinte días, trayendo consigo los documentos que certifiquen su idoneidad, conducta y costumbres, los que presentará ante el Ilustre Ayuntamiento”, proclamaba el bando.

Por supuesto, los fondos destinados por el Gobierno porteño nunca llegaron y comienza una danza y contradanza de gestiones. En 1823, Tucumán designa a Félix Ignacio Frías para tramitar el cobro de las deudas. Frías logra el objetivo pero se le ocurre morirse por lo cual se designa a Pedro Garmendia quien comienza acciones contra la sucesión de Frías. A todo esto, ya estamos en 1832, y mientras Pedro pasa la posta a su hermano; Juan Ignacio, quien gobierna en Buenos Aires es Juan Manuel de Rosas que, de paso, cría a Pedro Rosas y Belgrano, hijo del prócer y María Ezcurra, hermana de Encarnación y cuñada del Restaurador. Todo en familia.

Estos son los últimos pasos registrados documentalmente. A partir de aquí sólo hay testimonios que registran que de un modo u otro el gobierno nacional habría cumplido con el mandato de Belgrano, excepto durante algunos períodos como los bloqueos anglo franceses al puerto de Buenos Aires.

En 1871, Bernardo de Irigoyen, reconoció que la plata para la escuela de Tucumán estaba depositada junto al interés de los 58 años que habían pasado desde la donación. El problema fue que la carta en la que ponía blanco sobre negro el asunto tardó un siglo en aparecer, hasta que la investigadora Martha Dichiara la encontrara y fuera, en 1974, a reunirse con José Ber  Gelbard, ministro de Economía del presidente Juan Domingo Perón para pedirle “en nombre de la provincia de Tucumán, cobrar la donación de Belgrano”.

Si bien Gelbard le facilitó el acceso a los archivos del Central y el Nación, la investigadora tuvo la peor noticia: los registros de la Tesorería General bonaerense habían sido donados como papel viejo a entidades que los vendieron para financiar sus actividades benéficas.

Eso no fue impedimento para que los mandatarios tucumanos se dedicaran a uno de los deportes preferidos de nuestra gobernanza: acumular primeras fundamentales. En 1975, el gobierno de Tucumán creó por ley la Escuela de la Patria en homenaje de la primera escuela pública. Ésta debería ocupar el lugar donde se establecieron la Escuela Lancasteriana en 1832 y la escuela pública en el Convento de la Merced en 1856 y que funcionaron según la reglamentación de Belgrano.

En diciembre de 1976 se creó la comisión de rigor para intentar concretar la iniciativa frustrada en 1818, 1823, 1832, 1833 y 1870, y gestionar ante la Nación los fondos.

Se eligió el lugar y en 1981 se puso la piedra fundamental de una obra que recién en 2001 comenzó a funcionar. Eso sí, el gobernador tucumano, Julio Miranda, le quitó parte de sus tierras. El tema no habría sido tan grave si no hubiese sido Miranda el responsable político de la Comisión Histórica del Legado Belgraniano.

Santiago del Estero

Una de las preguntas que surge es por qué Belgrano decidió legar una escuela en Santiago y no en Salta donde logró la victoria. Se especulan con dos razones: la primera es que a diferencia de la ciudad de Lerma, Santiago no contaba con escuela pública primaria. La otra sería de índole afectiva y se relaciona con su abuelo materno, Juan Manuel González Islas, oriundo del santiagueño pueblo de Loreto, en donde se asentaba El yugo, un establecimiento rural en el que el creador de la bandera pasó algunas temporadas.

Belgrano envió al cabildo de Santiago una nota en la que informaba las condiciones de la donación: el cabildo debía proveer un local adecuado y el llamar a concurso para elegir al maestro, mientras que estipula el sueldo para el maestro,  la cifra para útiles escolares a entregar a los niños pobres, y que los 500 pesos anuales se liquidaran en dos entregas semestrales de 250 pesos cada una.

Entre idas y vueltas entre Santiago y Buenos Aires acerca de quien pondría los 200 pesos iniciales, sucedieron las derrotas militares de Vilcapugio, Ayohúma y Sipe-Sipe, lo que hizo que recién en 1819, el cabildo dotó de un poder para que nuestro conocido gestor Félix Frías para cobrar los réditos devengados desde 1813 pero la gestión vuelve a fracasar.

En 1821, durante el gobierno de Martín Rodríguez al frente de Buenos Aires, y tras ordenar las arcas provinciales, se reconocen las deudas del legado de Belgrano y se designa a la Administración del Crédito Público Provincial para que realice los pagos.

Recién en 1822, con Juan Felipe Ibarra, como gobernador de Santiago del Estero, el cabildo dispone que en una sala del Convento de Santo Domingo, el maestro seleccionado, Pío Cabezón, comienza a dar clases pagando la provincia a cuenta de los fondos que debía Buenos Aires.

Así, entre dimes y diretes, quejas a Buenos Aires, cartas a Rosas fueron pasando los años y la escuela funcionó para 30 niños hasta que en 1856 el estado ruinoso del Convento de Santo Domingo obligó a cerrarla.

En 1869, el senador nacional por Santiago del Estero Absalón Ibarra informa al gobernador Manuel Taboada -ése de la zamba Del pozo de Vargas-  que del legado belgraniano sólo quedan 7.109 pesos. En 1873 éste estaba reducido a 533 pesos. Luego a nada.

Hubo varias gestiones para construir esa escuela. Nunca prosperaron. En Santiago del Estero, según las evaluaciones de rendimiento escolar, la mitad de los niños no comprende lo que leen, hay departamentos en los que el analfabetismo roza el diez por ciento y dos de cada diez mujeres menores de 18 años son madres.

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