El nuevo vigilante: el comisario político


En El mundo y sus demonios el astrofísico estadounidense Carl Sagan postulaba que “Una de las lecciones más tristes de la historia es ésta: si se está sometido a un engaño demasiado tiempo, se tiende a rechazar cualquier prueba de que es un engaño. Encontrar la verdad deja de interesarnos. El engaño nos ha engullido. Simplemente es demasiado doloroso reconocer, incluso ante nosotros mismos, que hemos caído en engaño. En cuanto se da poder a un charlatán sobre uno mismo, casi nunca se puede recuperar.”

Recordar la profiláctica advertencia del creador de Cosmos es un reaseguro que evita que alguien caiga en esas posiciones ideológicas que algún día despreciaron y que haga malabarismos discursivos para justificar atrocidades como represiones, relativizar fraudes, obviar corrupciones, anestesiase ante la injusticia, y pretender analizar la política y la realidad con categorías tan absurdas como amor y odio.

Evitará -sobre todo- la conversión en un verdadero miserable y un auténtico pelotudo de esos que llegan a la opinión antes que a la inteligencia.

Jorge Luis Borges al despotricar sobre las dictaduras no lo hacía sólo porque fomentaban la opresión, la crueldad y el servilismo sino por su cara “más abominable” que no es otra que “el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez”

Uno de los aspectos más tristes de este retroceso a un estado tan prepolítico y hasta totémico es que resultado de un proceso de degradación hacia el patetismo que no sería factible sin una figura que hunde sus raíces en lo peor de la especie humana como son la delación y la devota conveniencia: el ‘comisario político’.

Este retorno desde el seno del stalinismo profundo no hace más que ensanchar las brechas ideológicas y simbólicas que existen entre las solemnes elites de nuestra progresaría bienpensante y los humanos de carne y hueso. Es que producto de su orfandad intelectual y pragmática nuestra intelligentzia izquierdista abandonó toda pretensión de ser un proyecto de poder para transformarse en un fenómeno estético en clave 4.0.

A modo de ejemplo, nuestra progresía llora empatía con un pobre ‘disfrazado’ de albañil  pero si este emergente del barro revelaba algún deseo de formarse, de dejar su condición de eterno servidor de la burguesía que consume en Palermo y se fotografía en Europa y se la da, por ejemplo, por incursionar en finanzas, esa empatía mutará en espanto.

Como si algún cascotazo del derrumbado ‘Muro de Berlín’ los hubiese transformado en opas,  estos consumidores de las versiones locales de Pravda o nostálgicos de la Stasi ya no tendrán por sujeto histórico ese proletariado al que Marx le cantaba: “No nos rindamos con ira reprimida, cobardemente al oprobioso yugo, que todavía es nuestra la esperanza, la acción y la batalla” sino que girarán en torno a los colectivos y minorías, es decir se produce un desplazamiento desde las condiciones materiales hacia un espacio difuso donde convergen las miradas, es decir lo visible como aquello lo que nos molesta: más pacato, imposible. Más conservador, tampoco.

Así, nuestras elites intelectuales dejan de ser faros necesarios que iluminan nuevos rumbos para pasar a ser agentes de la oscuridad que buscan censurar canciones y películas, moralizar el tango como la dictadura fascistoide de los 40, indicar sobre qué se puede reir y sobre que no. Ya no usarán tijeras y crespones negros: les alcanza con apelar a la ‘corrección política’ y a sus coreutas. Dejan de ser vanguardia para transformarse en una suerte de parapoliciales de la corrección política, unos SS que ya no escrachan judíos sino al contradictor, al que piensa, al que cuestiona, al que interpela.

En ese contexto, el signo ideológico de Voloschinov deja de ser arena de la lucha de clases para degradar en un objeto de disputa de un ambiguo y cómodo relato: “Roban, pero hacen” se disuelve -si, es posible- en un tarambana “roban, pero relatan”

Esta anomia ya ocupa los espacios más conservadores de nuestras prácticas sociales: medios, las universidades, academias, todas instituciones a las que transformaron en reformatorios ideológicos dignos de Pionyang o Nom Pem y regenteados por inquisidores de súbite riqueza,  que se aíslan cada vez más de ese ‘hombre común’ que las sostiene con su trabajo y al que pretenden decirle qué pensar. Aparece una grieta cada vez mayor y un liderazgo vacante que es llenado por los ‘antisistema’ como Bolsonaro, Trump o Vox; las iglesias milenaristas con sus verdades a puño cerrado y con una figura parida por la degradación de la democracia y la política: el lumpen, por el que nuestra progresía bienpensante exhibe una inenarrable pulsión.

Líquido, inasible, oscuro, y con una taxonomía de relaciones sociales que no figura en ningún decálogo, lo lumpen se muestra fuera de las reglas conocidas y como un vehículo para sumergirse en las masas que -desclasadas- ya no amenazan la jerarquía provisoria que les de a ello el espacio del presunto conocimiento.

En esta tormenta perfecta en la que se combinan la degradación del psicoanálisis, la devaluación de la calidad de vida democrática y la hecatombe protéica, los mismos hijos de los mitos radical y peronista reemplazaron los sueños del asado familiar con un sifón drago en el patio de la casita de material hecha por la familia y el barrio -que era lo mismo- por el reciclado palermitano la barrabravización del rock, o la exaltación de la pizza, la birra y el faso.

Es que ser lumpen en la Argentina es una elección estética que se genera en las villas como su marco de referencia y delivery de falopa para los niños ricos con tristeza que sucumben a la fascinación del lumpen que los libera de del riesgo y del compromiso de los sueños de presentar batallas cotidianas de reparar y emancipar una patria.

El gran logro de las derechas fue crear un populismo viejita que nos entretiene en un medio de una historia muerta, de una historia vencida y que se fragmenta indolente en medio de una violenta indiferencia.

No hay más movilidad social ascendente. Todo va para abajo, y nos han vendido la peregrina idea de que ser lumpen es un signo de identidad posible.  Y que hay sólo dos meritocracias posibles: el barra y el transa ambas con claros códigos de ascenso y cursus honorum

Hoy traficar asegura un sustento que no asegura el trabajo. El dirigente barrial que conseguía asfaltos y cloacas se pervirtió en el poronga que garantiza asados, limosnea algún reclamo social y genera identidad dibujada en la piel, en la moda o jugar a ser motochorro o ‘la chica de’. El puntero, Ocupas, El marginal, Un gallo para Esculapio, El ángel no son suceso porque sí, como tampoco ciertos emergentes que pululan y parasitan los dineros públicos gracias a sus dotes para el oportunismo pero peso político o capacidad de transformación.

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