Alejandra, la jaula y el pájaro


El departamento de Montevideo al 900 era un caos: muñecas mutiladas y maquilladas a mano para esa ocasión, columnas incoherentes de libros, una colección inconcebible de lápices de colores, borradores con escritos que luego servirían como pista de una decisión previsible, cincuenta envoltorios vacíos de barbitúricos y una despedida en pizarrón: “No quiero ir más que hasta el fondo”.

25 de septiembre de 1972, hoy hace 47 años, Flora, a quien sus padres llamaban ‘Buma’ y nosotros conocimos como Alejandra se decidía -al fin- a partir.

“Mañana
me vestirán con cenizas al alba,
me llenarán la boca de flores,

Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración
de un animal que sueña.”
Sombra de los días a venir

Alejandra nació el 29 de abril de 1936 y era hija de Elías Pizarnik y Rosa Bromiker. Sus padres que percibían el peligro letal que significaba el nazismo decidieron emigrar en 1934 desde la eslovaca Rovne hacia el barrio avellanedense de Crucesita. Rosa traía en su vientre a Myriam, la hermana mayor de Flora. Tras la II Guerra Mundial no quedaron vivos ni Bromiker ni Pizarnik, los asesinaron a todos.

Algo de ese fatalismo eslavo llegó en ella, y ese germen floreció -un poco dulce, un poco maldito- en las aguas francesas del Río de la Plata desde cuyos vinos transformará jaulas, abrirá ojos, recorrerá cielos para sumergirse con un collar de piedras y flores en soledades y fracasos coronados por vaginas temibles y temerosas que se escondían entre las sombras del deseo.

“Mi soledad es total, es atroz.
Primera iluminación: no tienes por qué preguntar. Otros más sabios que tú lo hicieron y lo hacen.
Es como si te hubieran invitado. Te mandaron llamar. Naciste.
Qué poco es preciso para devenir un desecho, un manojo de frustraciones.
Imagino situaciones horribles para obligarme a actuar. Así la visión de los clochard para impulsarme a trabajar frenéticamente en la oficina (trabajar para no ser como ellos), sin pensar en absoluto en las pocas probabilidades que tengo de devenirlo pues en cualquier momento puedo volver a B[ueno]s A[ire]s, a mi hogar burgués. Lo mismo el viernes pasado, cuando vi la obra de Brecht y me asusté mucho como si mi caída en el hambre y en la pobreza fueran inminentes.” (Diarios, 22 de febrero de 1961)

Lectora a porfía, diminuta, celosa de su hermana, acomplejada de acné, empezó temprano el sendero de las pastillas. A veces para dormir, otras para no soñar, algunas para bajar de peso. Tímida, no dejaba de hacerse notar cuando aparecía visiblemente escondida o hablaba en su tartamudo castellano con acento de Minsk.

“Ellos y yo sabemos
que el cielo tiene el color de la infancia muerta”.
La danza inmóvil

Su padre, joyero, bancó en 1955 la publicación de su primer libro: La Tierra más ajena -del que abjuraría con posteridad- al que siguió otra docena de obras.

Tuvo un breve paso por la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, dictó cursos de periodismo, pintura y de literatura… nada la satisface, todo la cansa. Depresiva crónica, comienza terapia y allí le informan que padece “trastorno límite de la personalidad.”

“Sin saber cómo ni cuando, he aquí que me analizo. Esa necesidad de abrirse y ver. Presentar con palabras. Las palabras como conductoras, como bisturíes. Tan sólo con las palabras. ¿Es esto posible? Usar el lenguaje para que diga lo que impide vivir. Conferir a las palabras la función principal. Ellas abren, ellas presentan. Lo que no diga será examinado. El silencio es la piel, el silencio cubre y cobija la enfermedad. Palabras filosas (pero no son palabras sino frases y tampoco frases sino discursos). Imposibilidad de fraguar símbolos.” (Diarios, Buenos Aires, 18 de abril de 1965)

Como buena rusa y mejor argentina decidió que el mejor lugar para sanar era su patria y marchó a París donde convivió con hombres y mujeres.

“Me asusta la palabra ‘homosexual’. Prejuicios viejos en mi vida joven”. (Diarios, 18 y 25 de diciembre de 1960).

Es que para Alejandra, en cierto, modo el sexo era una cara orgásmica de la violencia y el dolor. Alguien leerá en ella una feminista adelantada, otros una niña que que el pecado encuentra la penitencia.

“D. vuelve a mostrar sus fauces de hembra de alcoba. La deseo profundamente. Su cercanía es como una premasturbación (…) Tan sucia y superficial. Tan adorable. Tan lejana.” “Hoy llegué a un pobre orgasmo después de imaginar mucho tiempo que los nazis me apuntaban y me entregaban a un militar tenebroso y muy temido, que me castigaba mientras fornicaba conmigo… de todos modos, lo esencial es esto: me excita que me castiguen”. (Diarios, 3 de agosto de 1955 y 30 de diciembre de 1959)

En la ciudad luz trabajó para la revista Cuadernos y tradujo para algunas editoriales francesas a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Césaire e Yves Bonnefoy. Pasó por la Sorbona donde estudió Historia de la religión y Literatura francesa. Cultivó la reglamentaria amistad con Julio Cortázar y frecuentó al mexicano Octavio Paz quien le prologó su cuarto libro: Árbol de Diana al que definió como un producto de un “insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas”. París siempre sería una puerta de escape para ella.

“Palabras. Todo lo que me dieron. Mi herencia. Mi condena. Pedir que la revoquen. Pedirlo con palabras. Las palabras son mi ausencia, en mí hay una ausencia hecha de lenguaje. No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo. Este ‘silencio’ de las palabras, de las que digo y escribo, es el horror, el vértigo. Pero ninguna presencia humana se me presenta como evidencia. Amigos y amantes: cuerpos vacíos e indiferenciados. Sólo hay fantasmas que he amado hasta pulverizar mi conciencia.” (Diarios, 22 de febrero de 1963)

Las imágenes de sus últimos años son un mosaico velado por la piedad o la vergüenza de la ausencia. Algunos cuentan una vida que pendulaba entre una lascivia eufórica y desenfrenada y enojos depresivos. Hay quienes sospechan que la combinación de trihexifenidilo con benzedrina era la responsable de estos estados.

“Tú eliges el lugar de la herida”
(Poema)

Sus últimas horas fueron caóticas. Dicen que fue a buscar a su necesario Fernando Noy y que la portera del edificio le reveló que se había ido de vacaciones. Regreso a casa, medio centenar de pastillas de Seconal y alcohol, mucho alcohol.

La poetisa Olga Orozco fue una de las amigas que la llamó sin respuesta, ella, al igual que otras no sospecharon nada. Se dice que Ana Becciú tenía llaves y fue de casualidad a buscar unos libros pero se encontró con ella agonizando entre columnas de libros derrumbados y llovida de lápices. La ambulancia urgente no alcanzó: murió antes de llegar al hospital. Al día siguiente, su velatorio fue el primer evento que tuvo lugar en la recién estrenada sede de la Sociedad Argentina de Escritores.

Orozco, Becciú y Elvira Orphée se encerraron en el departamento de la calle Montevideo para custodiar y organizar su legado, Como si se tratara de una tumba egipcia hubo saqueos y destinos incomprensibles: se llevaron una caja de fotos, objetos personales, libros anotados por ella…

De alguna manera, sus diarios y obras inéditas llegaron a manos de Aurora Bernárdez, la esposa de Cortázar, quien los guardó en París hasta que Miryam, la hermana celada por Alejandra, designa a Becciú como albacea literaria y el legado acaba en la norteamericana Universidad de Princeton.

Ni voz póstuma le dejarán. En sus diarios no aparecen citas de 1954 y 1955. 1971 es casi nulo y 1972 una ausencia. En la versión publicada se omiten más de un centenar de anotaciones, un silencio que muchos adjudican a un pedido de la familia. No sólo se dejaron de lado citas sexuales sino alusiones a sus lecturas y a diversos autores..

La enterraron con ortodoxia en el cementerio judío de La Tablada. Cuentan que cada tanto, la foto que adorna su tumba desaparece. El cementerio es uno de los lugares más vigilados de la Argentina.al oeste de Buenos Aires. Nadie sabe nada de ese visitante furtivo. Tal vez, una jaula que ella haya vuelto pájaro.

“Usar el lenguaje para que diga lo que impide vivir”
(Diarios. 18 de abril de 1965)

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