Apuntes para una historia de los besos


Según la Real Academia Española de la Lengua -nada menos-, la palabra beso, cuyo día internacional se celebra el 13 de abril en homenaje a una proeza de la factoría Guinness llevada a cabo por unos tailandeses que se besaron durante 56 horas, proviene del latín basĭum, una voz de origen celta que define la “acción y efecto de besar”, entre otras acepciones.

A su vez, besar, proviene de la locución latina basiāre y significa: “tocar u oprimir con un movimiento de labios a alguien o algo como expresión de amor, deseo o reverencia, o como saludo”.

De alguna manera sabemos que los homínidos practican el beso hace más de dos millones de años y, según la bióloga alemana Gisele Dahl, éste compromete los tres sentidos más relacionados con el deseo sexual: gusto, tacto y olfato.

Cuando Charles Darwin observó que los malayos y polinesios frotaban sus narices para olfatear la piel del otro, lo consideró como la raíz común del beso que se remonta a los primeros homínidos: un reconocimiento de pertenencia a un grupo mediante el olfato.

Desde la biología nos enseñan que los labios son un espacio donde concurren terminales nerviosas para constituir un foco sensitivo en los organismos animales y que funcionan como auxiliares en la identificación del entorno, en la emisión sonora y como herramientas de succión. Del beso apenas nos dice que cumple en algunas especies una función en el proceso de cortejo y que podría asimilarse a la alimentación de la pareja como regalo nupcial, como una práctica de apareamiento o un resabio de la premasticación del alimento en las especies cuyas crías son incapaces de consumir alimentos sólidos y dependen de destrucción del alimento por obra materna. En los chimpancés la conjunción labial es un medio de comunicación, identificación y signo del orden social.

Para Sigmund Freud el beso es el non plus ultra del placer oral, y, según el antropólogo británico John Naper, es posible que cuando el australopithecus abandonó la cuadripedia y se irguió es probable que encontrara más satisfactorio copular cara a cara con su pareja en la que comenzaban a esbozarse algunos rasgos femeninos tras perder su vellosidad corporal -hace unos 40.000 años- y que junto a las glándulas mamarias femeninas pasarán a conformar un dispositivo erótico.

Otros teorizan relacionando el beso con la succión del bebé de la teta materna o, incluso, aventuran ciertas rémoras de una época caníbal. También nos cuentan que la pronunciación del fonema beso moviliza doce músculos faciales, tantos como los que pone en acción el beso mismo. Pero si el beso se pone caliente e invitamos a la lengua se suman otros diecisiete músculos.

Los médicos dicen que un beso puede quemar de dos a tres calorías por minuto, que si se trata de un beso apasionado los latidos por minuto pasan de 70 a 150 y que la endorfina liberada tiene un efecto similar a la acción de la morfina en materia de bajar el estrés y dar sensación de bienestar. También aumenta la autoestima, tonifica los músculos faciales, liberación los anestésicos de la saliva, disminuye el colesterol y mejora las funciones metabólicas. Aunque advierten acerca de la transmisión de patógenos, virus y otros microorganismos que podrían derivar en gripe, mononucleosis infecciosa y herpes. Sin contar que si se padece de una lesión bucal es una puerta abierta a las infecciones de transmisión sexual.

Estudios incomprobables sostienen que quienes besan a su pareja antes de ir a trabajar enferman menos y rinden más, que tienen menos accidentes de tránsito que ganar en promedio un 25 por ciento más y que prolongan su existencia en este planeta por un lustro.

Sin embargo, nada de esto explica por qué el beso significa tanto para nosotros. Tampoco es que llevamos tanto tiempo besándonos. De hecho, la primera referencia que tenemos del beso tal como lo conocemos y anhelamos es de la India -más precisamente del Decán- hace unos 35 siglos cuando la acción de juntar los labios como signo de amor fue esculpida en las paredes de los templos de Khajuraho, también aparece en el año 1.000 AC en el poema épico Mahabharata.

Ya en el siglo III de nuestra era será el mítico libro sagrado de Vatsyayana, el Kama Sutra, el que habla del beso como práctica sexual en un marco de divinidad natural. Allí se describen tres formas de besar: el nominal, en el que los labios apenas se tocan; el palpitante en el que se mueve el labio inferior, pero no el superior; y el de tocamiento, en que participan labios y lengua.

Demasiado poco tiempo para tantas historias.

En el relato creacionista babilónico Enûma Elish, el beso aparece socializado como una práctica vinculada al saludo, la súplica y el arrepentimiento, pero no habla de amor ni deseo.

Será -tal vez- la metampsicosis junto a la creencia de que el alma se expresa a través del aliento vital la que llevó a sostener que un beso en la boca promueve la comunión de dos almas, una creencia que sacralizó el beso y de la cual la a tradición judeo cristiana abunda en ejemplos. En el Génesis, Jacob besa a Raquel, Jacob sella la paz con Esaú con un beso y otro beso indicará el perdón de José a sus once hermanos.

También el sensual y devocional Cantar de los cantares de Salomón habla del beso: “¡Que me bese con los besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino.” y “¡Ah, si tú fueras como mi hermano, amamantado a los pechos de mi madre! Si te encontrara afuera, te besaría, y no me despreciarían.”

El concepto de comunión está presente en la primera epístola de Pedro: “Saludaos unos a otros con un beso de amor fraternal. La paz sea con todos vosotros, los que estáis en Cristo.”

Pero el beso bíblico por excelencia es el que da Judas Iscariote a Jesús de Nazaret en el huerto de Getsemaní para consumar su entrega a los romanos. Si bien desde la representación de Giotto se lo ve a Judas besando la mejilla de Jesús, en realidad debió haber sido en la mano tal como se besaba a los rabís. Sin embargo, tanto en los evangelios de Mateo y Marcos se usa el verbo griego kataphilein, que no significa otra cosa que ‘besar tiernamente, intensamente, firmemente, apasionadamente’. El mismo verbo que utilizó Plutarco al referirse al beso que Alexandros dio a su eunuco y amante Bagoas.

Será en Grecia y Roma cuando el beso como expresión de amor empiece a expadirse al compás de las trirremes y al paso redoblado de falanges y legiones.

En la tradición literaria griega el beso aparece en la Odisea y la historia de Pigmalión y Galatea. Hay quienes sostienen que la adopción del beso como práctica sexual llegó a Europa gracias a los pies de los hoplitas macedonios que llegaron al Indo siguiendo el sueño dionisíaco de Alexandros 350 años antes de nuestra era. Además, Herodoto ya en el siglo V a.C. revelaba que los persas saludaban a los hombres de su mismo rango con un beso en la boca y a los de condición inferior les daban un beso en la mejilla.

Hasta la segunda mitad del siglo IV a.C., los griegos sólo permitían besos en la boca entre padres e hijos, hermanos o amigos muy próximos. Para el resto besos en la cabeza, los ojos o las manos. En sus Idilios Teócrito, se queja de su amado diciendo: “Ya no quiero a Alcipe: le llevé una paloma y no me agarró las orejas al besarme”. Por su parte, Platón declaraba “sentir gozo al besar”.

(Continuará)

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