Hay un mito en la antigüedad en el cual Eos (la aurora) se enamora de un joven troyano y le pide al dios Zeus que le conceda la inmortalidad. Zeus se la concede, pero ocurre que aunque el enamorado deviene en inmortal sigue afectado por el deterioro del tiempo. Como Eos se olvida de pedir que su joven amante no envejezca, al poco tiempo él se convierte en un ser inservible.
Lo que está contando el mito en realidad es que la especie humana está inevitablemente afectada por el deterioro personal, y que ese deterioro personal es precisamente una marca de la condición humana.
En la antigüedad siempre se tuvo el valor de la juventud, el valor de la energía y de la belleza física, pero también se reivindicaba la vejez como fuente de sabiduría y de conocimiento.
Hoy en día las sociedades modernas carecen de un valor auténtico de la vejez y le restan el valor verdadero a la finitud y al misterio de la muerte. Por eso, el único valor que se rescata de la juventud es un valor ilusorio y narcisista.
Es verdad que la juventud es la sal de la vida, porque los jóvenes traen consigo la posibilidad de futuro y la continuidad de la vida, pero lo grave es que las sociedades actuales construyan ilusiones de juventud eterna que lo único que hacen son convertir a las personas en máquinas de consumo. La gente se opera, tienen obsesión con la calvicie, obsesión con la figura y se vuelve prisionera en un narcisismo enfermizo.
La ilusión de la juventud eterna es nada más que un condicionamiento cultural que lleva al consumo y a la locura y que por otra parte anula un proceso de evolución personal necesario, sin el cual terminamos por convertirnos en personas vacías, tristes y superficiales.
En los pueblos de la antigüedad la vejez estaba asociada a la sabiduría. La persona madura era tomada como un ser que había llegado a un determinado punto de su vida, pero también a un determinado estado de su alma.
Lo realmente sabio es aceptar, entonces, la condición humana con su finitud. Teniendo eso en cuenta se debe encontrar el propio destino y se debe también poder vivir con grandeza y dignidad toda la vida.