INFORME ESPECIAL |UNA MIRADA POSITIVA ANTE LA VIDA
2007-06-09 00:00:00
Al mal tiempo... optimismo
Hay quienes lo consideran una simple característica de personalidad. Sin embargo, según los especialistas, el optimismo es una cualidad anímica que incide de varias formas en la calidad de vida. Mayor probabilidad de alcanzar metas y preservar la salud son algunos de sus beneficios.
Ya lo decía el primer ministro británico Winston Churchill: “El optimista ve la oportunidad en toda calamidad, mientras que el pesimista ve la calamidad en toda oportunidad.” Al igual que él, filósofos, psicólogos y hasta médicos clínicos aseguran que adoptar una actitud positiva ante la vida es indispensable para salir airoso de situaciones difíciles en un mundo que, a menudo, presenta dificultades y obstáculos que sortear y aunque es cierto que no existe una fórmula matemática para lograrlo, sostienen que no hacer de cada tropezón una caída y, en cambio, aprender a sacar provecho de las adversidades es un buen camino para empezar a transformar al viejo refrán en una conducta que permita ponerle buena cara a los avatares de la existencia.
Durante el transcurso de los siglos, desde las primeras culturas indígenas que le pedían a sus dioses bienaventuranza, hasta los reyes que visitaban a sus adivinos y quirománticos para prever el advenimiento de guerras y prepararse ante cada batalla, el ser humano transita expectante el avanzar de la vida. Sin embargo, hay quienes logran teñir esa expectativa de esperanza y quienes tienen dificultades en pensar un porvenir libre de malos pronósticos. Esa es la diferencia básica que radica entre las personas que logran hacer del optimismo su mejor arma para enfrentar los vaivenes de la existencia y quienes no pueden más que esperar resultados negativos del porvenir.
Según los especialistas consultados por Info Región, los primeros tienen la capacidad de salir fortalecidos e incluso de encontrar beneficios - como el aprendizaje- de las situaciones traumáticas y estresantes, mientras que los segundos tienden a sentirse impotentes frente a las situaciones adversas de la vida, alentando la apatía y el desánimo como prólogo de un factible fracaso.
“El optimismo es la capacidad de esperar eventos razonablemente positivos incluso sin que haya demasiados fundamentos para esperarlos. Es por eso que, frente a un episodio negativo, la persona optimista lo va a interpretar como una circunstancia eventual y la pesimista lo va a vincular consigo misma, va a transformar este hecho en una regla genérica. Si a la primera le va mal en un examen, va a pensar ‘me fue mal esta vez porque quizás era excepcionalmente difícil y tendré que prepararme mejor’ mientras que la segunda va a sostener ‘me va mal porque soy un desastre y siempre me va a ir mal’. Ante cualquier situación indeseada pensará ‘yo tengo la culpa, esto abarca toda mi vida y la va a abarcar para siempre’. Eso hace que esta última sea más vulnerable a los eventos negativos”, explica Eduardo Keegan, psicólogo y docente titular de la cátedra de Psicoterapia de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
Los profesionales coinciden en asegurar que el optimista tiene la capacidad de reaccionar ante los reveses de la vida como si estos fueran “temporarios, específicos y reversibles” con fortaleza, entusiasmo y auto confianza; mientras que el pesimista posee la creencia de que los problemas “son culpa suya y se perpetuarán en el tiempo influyendo en otros aspectos de su vida”, lo que lo vuelve más vulnerable y, por lo tanto, propenso a que así sea.
“En marketing se dice que expectativas negativas generan resultados negativos. Creo que elegí estudiar esta carrera y trabajar de esto porque esta misma filosofía es la que aplico en mi vida. Algunas personas me cuestionan por ver siempre el lado bueno de las cosas pero la verdad es que cuando pasa algo malo o hay que alentar para que un proyecto salga bien, ahí estoy yo para sacarlos adelante”, cuenta Gabriela Fernández (26), asistente de marketing de una de las petroleras más importantes del país.
La joven profesional no parece errada en su tesitura. “Está comprobado que si existe una visión negativa se tiende a tener una conducta derrotista y que, en cambio, el tener una visión positiva genera una conducta de apuesta y de desafío, con lo que aumenta la probabilidad del resultado positivo”, asegura Keegan y con él coincide Héctor Fernández Álvarez, miembro de la Sociedad Interamericana de Psicología, quien asegura que el rasgo optimista en una personalidad permite afrontar con entereza las vicisitudes de la vida e incide en el éxito amoroso, escolar, deportivo y hasta laboral.
“El tener una visión positiva del futuro da lugar a la sensación de tener un nivel de auto eficacia, de poder hacer cosas que resulten exitosas, la persona se siente con un alto nivel de agencia personal, muy agente de las cosas que hace, siente que puede generar planes, proyectos y llevarlos a cabo”, advierte el profesional, presidente de la Fundación Aiglé.
Sin embargo, los especialistas se encargan de resaltar que el optimismo no tiene que ver con desarrollar una actitud “ingenua” ante las circunstancias de la vida, esperando que las situaciones se tornen favorables por sí solas. “A cierta altura uno puede examinar su propia disposición y ver cuán racional es. Si una persona planea poner en marcha un comercio propio sin el capital suficiente, sin conocer el ramo, por muy optimista que sea seguramente fracasará. Pero si tiene un buen manejo de las finanzas y además es optimista, tiene el éxito asegurado”, apunta Hugo Hirsch, psicólogo de la UBA.
Los problemas, ya sean afectivos, académicos, laborales o económicos, nunca se acaban y, por el contrario, parecen multiplicarse con la complejización de las sociedades. Así es que, según el consejo de los profesionales, el secreto del optimismo no radica en negar las complicaciones sino en asumir la existencia de las dificultades y, a partir de ahí, definir estrategias de acción basadas en la auto confianza para desafiar a la realidad con convicción y transformarla, haciendo de cada una de las adversidades que se presentan en el camino un estímulo para superarse y no para bajar los brazos.
La tercera no es la vencida
“Un optimista es el que cree que todo tiene arreglo. Un pesimista es el que piensa lo mismo, pero sabe que nadie va a intentarlo.” Jaume Perich, humorista español.
Nadie dice que sea fácil. Ella lo reconoce a través de su mirada transparente y esbozando una sonrisa. Sin embargo, su hiperactividad, su verborragia, su carisma, sus carcajadas, no llevarían a nadie a pensar que en algún momento, no muy lejano, la vida se le puso tan difícil.
Isabel (52) cuenta que no pudo evitar sentir que el mundo se le había “rebelado”, así lo define, cuando en tan sólo cinco años debió hacerle frente a la peor racha, por así llamarlo, de su vida. En ese breve lapso, perdió su trabajo, debió luchar contra un cáncer y, apenas recuperada, otra vez la desgracia volvió a hacerse presente con la muerte de su marido. Sin embargo, asegura que no encontró “motivos lógicos” para seguir pensando que el mundo estaba en su contra y, por eso, salió a hacerle frente.
“Sin dudas, estos últimos años fueron los más difíciles de mi existencia. La vida me mostró su lado más oscuro pero creo que supe hacerle frente lo mejor posible, no podía deprimirme, tirarme a llorar en una cama teniendo un hijo que alimentar y que todavía necesita de mis cuidados. Siempre fui de tener mucho empuje pero creo que esta vez la vida me puso a prueba y pude superarla”, relata la mujer portadora, no sólo de una amplia sonrisa, sino de una característica propia de quienes saben hacer del optimismo su mejor escudo para vencer en cualquier batalla: la persistencia. “No sé de dónde saqué la fuerza, tuve momentos de gran angustia pero aún así le puse buena cara al mal clima, me recuperé de mi enfermedad, conseguí otro trabajo y hoy logré estabilizarme nuevamente, nunca abandoné la lucha. Primero por mis hijos y segundo por mí”, apunta.
“Hay una interrelación entre el optimismo y la persistencia, cuando más optimista es uno, más probable es que persevere. El inter juego entre optimismo y tenacidad lleva a un círculo vicioso o virtuoso, según los casos. Si uno está desesperanzado y no es optimista probablemente se empeñe menos y si se empeña menos va a tener peores resultados y esos resultados van a tender a conformar su pesimismo. A la inversa, si es optimista, se empeña y trata con tenacidad, va a poder resistir e incluso tener mejores resultados y eso va a confirmar su optimismo”, explica Hirsch y con él coincide Keegan: “Persevera y triunfarás es cierto, pero los que perseveran son generalmente los que piensan positivamente”.
En ese sentido, los profesionales insisten en que la capacidad de adoptar una mirada alejada de la resignación y, por el contrario, desafiante hacia la realidad tiene que ver con el poder concentrarse en los objetivos, ideales y motivos que le dan sentido a nuestra vida.
“Es importante, al enfrentar una situación de gran magnitud negativa, seguir manteniendo la esperanza, el sentido de vida, sentir que se tiene una misión en la vida es muy importante para desarrollar una actitud positiva. A nivel social, esto fue muy estudiado luego del Holocausto judío, a partir de gente como Viktor Frankl (ver “Una historia con sentido de vida”) que, habiendo estado en cuatro campos de concentración nazis, inclusive el de Auschwitz , pudo mantener la esperanza y fue uno de los pocos que lograron sobrevivir”, apunta el psicólogo.
La luz al final del túnel
“(…) siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizás sea una forma de defensa de la especie humana. La frase ‘todo tiempo pasado fue mejor’ no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que – felizmente- la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal: yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que ‘todo tiempo pasado fue peor’, si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado (…)”.
El soliloquio pertenece a Juan Pablo Castel, el personaje a través del cual el novelista argentino Ernesto Sábato ahondó en sentimientos como el desamor, la desesperanza y la soledad imprimiendo una buena cuota de pesimismo en cada una de las páginas en las que plasmó los pensamientos y emociones que su protagonista esconde en “El túnel”.
Sin embargo, la pregunta es ¿Qué pasaría si todas las personas en la Tierra adoptaran una actitud pesimista ante los fracasos de la vida? Elbio Suárez Ojeda, consultor de la OPS y Director del Centro Internacional de Estudios de Resiliencia (CIER) que funciona en la Universidad de Lanús (UNLA), es tajante en este sentido y no duda en afirmar que “las sociedades no avanzarían”.
Aquellas personas que son capaces de sobreponerse a las adversidades y construir sobre ellas son denominadas por una rama de la psicología (ver Psicología Positiva, Ciencia de “La auténtica felicidad”) “sujetos resilientes”. El concepto fue tomado de la física y es la capacidad de los materiales para regresar a su estado inicial aunque hayan sido completamente alterados. Sin embargo, utilizado en psicología o en cualquier otra ciencia humana, resiliencia quiere decir más que eso.
“La resiliencia es lo contrario de la desesperanza, es el conjunto de capacidades que tienen los seres humanos para desarrollar recursos positivos ante situaciones difíciles. Existe desde siempre pero hace unos diez años que comenzó a aplicarse tanto en centros como en iglesias como un modo de respuesta a la interpretación de la cultura postmoderna y de cómo encontrarle la vuelta a un mundo particularmente difícil. En nuestro país, ya comenzó a implementarse en personas con Sida y con problemas de adicciones”, indicó Álvarez.
“Nosotros en resiliencia impulsamos un optimismo realista a lo largo de la vida para poder enfrentar adversidades. El optimismo basado en la realidad es la única manera de adoptar también una fortaleza real, reconociendo justamente que todos necesitamos de esta fuerza y que las propias sociedades, pese a las dificultades, también la requieren para salir adelante en tiempos difíciles. Por otra parte, se ha desarrollado recientemente el concepto de resiliencia comunitaria, que describe la capacidad de nuestros pueblos para superar crisis y catástrofes como las inundaciones, terremotos, ciclones, etc.”, detalló Ojeda.
Según el profesional, existen determinados pilares de la resiliencia. “Los más importantes son la autoestima colectiva, la identidad cultural, la honestidad, la solidaridad, la empatía, que es la capacidad de ponerse en el lugar del otro y, sobre todo, la capacidad de ver la comedia en la tragedia, el humor”, detalló.
“Uno de los objetivos es promover la resiliencia en niños, en personas que padecen enfermedades graves y en algunas profesiones donde es fundamental, como por ejemplo la enfermería, haciendo que los profesionales que trabajan constantemente enfrentando situaciones de mucha adversidad puedan tener una actitud positiva para ellas pero para que también puedan desarrollar en sus pacientes la capacidad de ver el lado positivo. La metodología es trabajar sobre la misma área en la que hacen hincapié los educadores, los aspectos positivos de las personas para aprender. Buscamos desarrollar y fortalecer aquellos aspectos, como la autoestima, la solidaridad. Esto ya se está aplicando en todo el mundo en casos de enfermos terminales”, precisó Mabel Munist, profesora del Departamento de Salud Comunitaria de la UNLA y subdirectora del CIER.
Así es que cuando las dificultades apremian, cuando el mundo parece confabularse en contra nuestro, es bueno saber que la mayoría de las veces existe una luz al final del túnel, pero también que ésta puede avizorarse desde diferentes distancias, a veces menores y otras más extensas, de acuerdo al lugar en el que nos posicionemos.
Nota correspondiente a la publicación del día Sábado de 9 de Junio de 2007
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