INFORME ESPECIAL | UNA OPCIÓN ANTE EL VÉRTIGO DE LA CIUDAD
2006-11-06 00:00:00
El sueño de una vida suburbana
Cada vez son más las personas que, ante el agobio de una ciudad en movimiento, deciden mudarse a zonas rurales de la Provincia o al interior del país. Allí logran estructurar una vida suburbana donde el estrés y la inseguridad comienzan a formar parte del pasado.
Huir de la inseguridad y de la vorágine que provoca el combo de obligaciones y responsabilidades diarias es un objetivo que gana cada vez más terreno entre aquellos que conviven codo a codo en la ciudad, estructurando, en medio del ruido y el cemento, la vida urbana. En el intento por escapar de ese paisaje que hoy se dibuja violento y caótico, hay quienes se animan al cambio y optan por mudarse a zonas rurales de la Provincia o del interior del país en busca de una mejor calidad de vida.
Lugares donde los colores parecen intensificarse, donde en medio del verde y el silencio reina la tranquilidad. Donde dejar la puerta abierta del auto y de la propia casa, o la bicicleta abandonada debajo de un árbol no parece preocupar a sus dueños, donde la sensación de inseguridad tiende a desaparecer…
Si bien el fenómeno no llega a hacerse masivo, son muchas las personas que se replantean la posibilidad de cambiar sus hábitos, tanto laborales como cotidianos, por una nueva rutina alejada del ruido y del smock y más cercana, en cambio, a la de un imaginario rural que promete la recuperación de la serenidad y el tiempo perdido por las múltiples actividades que impone la vida urbana.
La situación, favorecida por una “era de la comunicación” que disimula cualquier distancia, colabora con la construcción de aquello que los profesionales denominan “vida suburbana”, un mito que pretende fusionar lo mejor de la vida rural pero sin perder la esencia de las ciudades y que, si bien parece cada vez más cercano a la realidad, no deja de rozar las paredes de la utopía.
“Se da una tensión constante entre lo urbano y lo rural. Uno abandona la ciudad buscando un ideal, una utopía rural pero sin querer abandonar ningún beneficio de la ciudad. Así se conforma una especie de suburbanización, hay una tensión entre querer mantener todo lo bueno de la ciudad y todo lo bueno del campo. El suburbio como híbrido entre ambas cosas”, fundamenta la socióloga y miembro del CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales), Ana Wortman.
La configuración de la sociedad actual, los múltiples roles sociales del hombre civilizado y el consecuente estrés de nuestros días, el temor a la inseguridad, la falta de tiempo para dedicar a la familia o para satisfacer gustos personales, alientan cada vez más un proceso que, en menor medida, parece ser inverso al de siglos pasados, aquellos en los que la migración del campo a la ciudad parecía ser la única salida a fin de establecer un proyecto de vida viable.
Pero hoy ese panorama sufrió modificaciones: “No se puede hablar de éxodo pero sí de un fenómeno que hoy es real y que se da por motivos económicos, porque la ciudad está saturada y hay dificultad para conseguir trabajo, aunque lo que más influye es la búsqueda de una mejor calidad de vida. El estilo que propone la urbanización actual se vuelve inhóspito, hostil, lo que ofrece la ciudad muchas veces no favorece al mejor estilo de vida para la crianza de los hijos, tanto por la inseguridad, la cantidad de tránsito, la contaminación ambiental. Todo contribuye a dibujar un paisaje caótico”, explica la profesional.
Las razones para abandonar todo y empezar de cero en un lugar nuevo, son diversas, sin embargo detrás de todas ellas parece asomarse un punto de confluencia: una ciudad que agobia, calles que parecen volverse más angostas, ruidos ensordecedores producto del tránsito, la sensación de ir en contramano y el deseo irrealizable de querer detener el tiempo.
Algunas de esas causas fueron las que empujaron a Gimena Oliva (21) y a su familia a asentarse en Olmos, un pequeño pueblo ubicado a 200 kilómetros de la capital de La Rioja. Allí, el ritmo de vida parece desacelerarse y ofrecer la receta justa que le prescribió el médico a Nicolas (53) -papá de la joven- cuando, motivo del estrés y los problemas laborales, sufrió un pico de presión.
“Al principio me costó integrarme porque la forma de vida es muy lenta en comparación con Buenos Aires. Pero después de un tiempo, me pasó que cuando volví de visita hubo cosas que llegaron a molestarme mucho, sobre todo la aceleración de la gente. Muchas veces viajo y ya quiero volverme, no aguanto más de una semana, me empieza a molestar todo”, confiesa Gimena.
Sin embargo, no sólo es la recuperación de la serenidad, el bienestar familiar y la necesidad de disminuir las exigencias diarias lo que lleva a que ciertos grupos de población, que no sólo residieron históricamente sino que también amoldaron el armado de su vida a una ciudad, apuesten por asentarse en zonas rurales. Según la socióloga María Cecilia Arizaga, muchas veces el éxodo responde a la búsqueda de recuperar ciertas ventajas de la vida estructurada en comunidad.
“El proceso de irse a vivir de un modo más rural comprende varias dimensiones y aparece como la posibilidad de construir un nosotros coherente a partir de distintos parámetros con los que se maneja la ciudad. Hoy lo que se busca es el discurso de la homogeneidad, la construcción del nosotros, por eso se puede hablar de una especie de mito de comunidad unificada”, apunta la especialista en estilos de vida y nuevas clases medias en urbanizaciones cerradas.
El “nosotros” del que habla la profesional resulta, justamente, lejano de las sociedades actuales, estructuradas sobre los parámetros de ciudades mundializadas en las que el mercado es alienante y lleva, cada vez más, a la individualización de las prácticas y a la satisfacción de deseos materiales que, en la era del consumismo, no tienen fin.
Sin embargo, la pregunta es si el hecho de trasladarse a zonas rurales donde la baja densidad poblacional y la naturaleza se abren paso frente a la frialdad que suele caracterizar a las ciudades es el camino para alcanzar ese ideal de comunidad, tranquilidad y seguridad deseado.
¿Utopía o realidad?
“Allá tenía un buen trabajo y estaba muy cómodo pero lo que me empujó a mudarme fue la inseguridad. Acá es muy tranquilo, es la primera vez que mis chicos pueden salir a la vereda a andar en bicicleta”, asegura Leonardo Valiñas (35) que en 2004 decidió trasladar su hogar, emplazado en el distrito de Almirante Brown, a la zona más rural de Tandil donde hoy vive con Gabriela (31) y sus dos hijos, Ailín (8) y Lahuel (6).
El aire puro y las sierras que, como cada primavera, prometen recubrirse de verde, lograron en su caso cobrar más fuerza que un trabajo estable e incluso que aquellos almuerzos que solían compartir con el resto de la familia cada domingo.
Tanto ellos como la mayoría de quienes hoy habitan en diferentes zonas rurales de la Argentina coinciden en asegurar que ningún motivo los haría regresar a la ciudad, donde las agujas del reloj parecen correr más rápido y ese aceleración se nota en el andar de la gente, en los accidentes de tránsito o en las enfermedades modernas de tipo sociales, como las fobias o los ataques de pánico.
“Jamás volvería a la ciudad. Cuando voy por la ruta es un placer, cuando llego a Ezeiza es el caos de los indios, el mundo de la inseguridad. Empiezo a trabar las puertas, cerrar las ventanas y siento un gran rechazo al lugar. Además, el tráfico, las ganas de pelear de la gente…”, resalta Leonardo en diálogo con Info Región y con él coincide Nahir Albes (17) que hace unos años decidió irse a vivir, junto a su familia, a Deraux. “Hay mucha diferencia en cuanto al modo de vida, acá es mucho más tranquilo. Allá los horarios se corren y te corren, acá se respetan“, afirma.
El cambio que percibieron quienes saltaron de la ciudad al campo es evidente. Sin embargo, de acuerdo a los profesionales consultados, el afán de alcanzar, de esta manera, una vida más sana y tranquila está cercano a una utopía muy vinculada con la forma de actuar y el comportamiento social de aquellos que buscan estructurar esa idea de “comunidad” en lugares suburbanos. Es decir que, depende del tipo de socialización que establezcan las personas que se propongan cambiar de aire.
“Lo que se da es una construcción social no ficcional pero sí como un proceso voluntario de parte de los actores y con estrategias para el mantenimiento conciente de este mito de comunidad. Aparecen una serie de restricciones, de pautas, de normas muy establecidas para no salirse de la raya que marca esta identidad. Cuando surge algún cambio radical en el comportamiento o en la forma de actuar establecida por la comunidad, se interpreta como una amenaza al nosotros y, a partir de ahí, se activan controles sociales. Cuanto más reciente es la constitución de ese nosotros, más débil está la conformación de la comunidad, más necesita ser fortalecida y más fuertes son los controles”, advierte Arizaga.
Según una investigación realizada por la socióloga, el fenómeno de suburbanización tiene sus raíces a principios de los ’90 y está vinculado con la aparición de los llamados barrios cerrados o countries que incitaron a la clase media a vivir en la “no ciudad”, en nuevos pueblos que “intentan corporizar una especie de utopía burguesa”, dice la especialista.
Los medios de comunicación, la publicidad y los suplementos de las revistas, colaboran en la estandarización de un ideal que invita a “cambiar de vida”, a disfrutar “de la paz del campo”, anclan en el mensaje de la “paz interior” y en el “reencontrarse con uno mismo”.
“La mayoría de los cambios son positivos, acá no roban, la gente es muy amable. Lo negativo es que por trabajo o para acceder a algunas comodidades tengo que trasladarme a la capital riojana”, cuenta Gimena, que enseguida agrega: “Igual no es tan grave, acá tenemos internet, no estamos desconectados del mundo”.
Los avances en materia de comunicación y las nuevas y variadas formas de mantenerse en contacto a la distancia parecen favorecer el fenómeno y dejar de lado cuestiones que, en un primer momento, ponen en tela de juicio la posibilidad de radicarse en un lugar alejado y distinto al que se vivió desde el nacimiento.
La televisión, el celular o Internet suelen formar parte del equipaje de quienes deciden emprender una nueva ruta de vida y, de esta manera, permiten estar conectados al mundo desde cualquier lugar.
“Sucede, sobre todo en zonas rurales de la provincia, que la utopía entre la tecnología y el campo deviene en islas globales. Hoy hay una red de islas dentro del mundo global que participan en imaginarios campestres porque lo que aparece como imaginario es el campo, el verde, la naturaleza y la palabra suburbio en el significado que le asignan en Estados Unidos o Inglaterra donde la suburbia está vinculada al lugar utópico de las clases medias o altas de la sociedad”, explica Wortman.
Con un pie en el campo y otro en la ciudad…
Hace dos años que la familia Ortiz compró una casa en un pueblo al norte de Tapalqué, justo en el centro de la provincia de Buenos Aires. Los Schilizzi empeñaron buena parte de sus ahorros en una propiedad que poseen a 210 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, en la localidad de Bragado.
Adquirir una vivienda alejada del todo respondió, en el primer caso, a cuestiones laborales y, en el segundo, a la necesidad de “desenchufarse”, de desconectarse aunque sea por 48 horas de una sociedad que parece no tener respiro.
Hoy, los Ortiz analizan la posibilidad de trasladarse definitivamente al lugar donde dicen encontrar la tranquilidad. Mientras tanto, deben conformarse tan sólo con una estadía de fin de semana. “Cuando conocí la vida de campo me enamoré, para mí es lo más lindo que hay”, asegura Felipe Ortiz (53), un perito apicultor que vive en Temperley pero que sueña con establecerse en el pueblo cuyos tres kilómetros de extensión hacen prescindibles las líneas de colectivo y el uso de las direcciones.
“En Tapalqué todo el mundo se conoce. La primera vez que fui quise dar una referencia de mi dirección y terminé utilizando como indicación ‘la casa de Cacho’ que era quien habitaba antes la vivienda. Hoy, cuando pido comida ya sé que si doy la dirección no te ubican, y que tengo que nombrar a Cacho para que sepan donde estoy”, sorprende Felipe.
Casas bajas, calles de tierra y bicicletas que hacen olvidar las torres de departamentos, el asfalto y el tránsito pesado de la ciudad, dibujan en Tapalqué un paisaje calmo donde los pequeños jardines y las rejas son reemplazados por amplias hectáreas de campo y cercas alambradas.
Una escena similar tiene lugar en Bragado donde Marcela Schilizzi (43) asegura descargar las tensiones acumuladas que le produce tener que repartir sus horas entre el trabajo, la crianza de sus hijos y el buen mantenimiento de su hogar.
“Necesitamos un poco de la tranquilidad con la que se vive ahí. Los chicos pueden estar en la calle, salir a andar en bicicleta, porque uno sabe que están seguros, que no pasa nada. Las casas no tienen rejas, el único motivo por el que sigo viviendo en la ciudad es el trabajo sino estoy segura de que ya nos hubiéramos mudado para allá”, advierte.
Mito o realidad, utopía o verdadera tranquilidad, lo cierto es que buena parte de la sociedad urbana ya encontró algún refugio rural donde el sentimiento de libertad permite escapar del ahogo que, producto de la inseguridad, el estrés y el exceso de trabajo, hoy invade a nuestras ciudades.
Nota correspondiente a la publicación del día Sábado de 4 de Noviembre de 2006
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