INFORME ESPECIAL | DIVORCIO
2006-05-30 00:00:00
En tuyo y mío, lo que fue nuestro
El aumento exponencial de las rupturas matrimoniales en los últimos años puso en evidencia que la condena social que en otros tiempos persiguió a las familias divorciadas fue quedando atrás. Sin embargo la ruptura del matrimonio no está exenta de padecimientos. La difícil situación económica, las frustraciones individuales que se cargan al otro y la tendencia posmoderna a eludir el compromiso dejaron atrás el tradicional axioma que promovía “el casamiento para toda la vida”.
La familia modifica su estructura. En el caso de que haya chicos uno de los padres abandona el hogar, los hijos quedan al cuidado del otro y se impone un régimen de visitas. Aunque no haya hijos, hay otras situaciones que son comunes a todas las parejas que pasan por el trance: se dividen la mitad de los bienes, se vende el auto, la casa que se soñó de a dos, uno se queda con el sillón y el otro con el televisor, se reparten las mascotas, se reparten los amigos, los afectos y los lugares, que en raras ocasiones podrán ser compartidos nuevamente, al menos hasta que cierren las heridas.
Divorcio. Esa es la palabra que define al proceso por el que atraviesan cada vez más matrimonios del país, en un período social e histórico donde parecen no pesar la edad, los logros compartidos o la cantidad de años de convivencia: en la actualidad una de cada dos parejas deciden romper con la unión que pensaban para toda la vida, y la tendencia, aseguran, continúa en aumento, pese a que suene ya drástico y abrumante.
Hace décadas el casamiento era leído socialmente como un pacto que sólo debería disolverse por la desaparición física de uno de los miembros de la pareja.
La frase “hasta que la muerte los separe” era la que resumía los sueños de quienes pasaban por el altar y las expectativas de quienes los acompañaban en ese primer paso hacia un futuro juntos.
Los años, sin embargo, se empeñaron en rebatir ese modelo que se sostenía al amparo de la religiones y de los sectores más conservadores de la sociedad, dentro de los cuales los matrimonios eran capaces de lidiar con todo tipo de controversias y malos tragos antes de caer en el “escándalo” de una separación.
Este siglo XXI es testigo de amores distintos, para algunos más “light”, para otros más exigentes, y por ende, más difíciles de sostener, de cultivar y de extender en el tiempo.
Pese a que el divorcio es considerado el segundo estresor más grave en la vida de una persona -el primero es la muerte de un familiar- lo cierto es que los números denuncian una realidad que puede llegar a asustar a quienes todavía creen en el romance eterno e inquebrantable: en la provincia de Buenos Aires fueron 15 mil las parejas que se divorciaron durante el 2005 y la cifra se torna intimidante si se tiene en cuenta que iguala a la cantidad de casamientos que se registraron en ese mismo período.
Las estadísticas arrojan a la luz otro dato pesimista. Estudios jurídicos especializados y juzgados civiles con competencia en familia comprobaron que el promedio de duración del matrimonio pasó de ser de 20 años a 10 como máximo y que las parejas que más incurren en el divorcio son las que tienen entre 35 y 45 años, con hijos chicos que rondan la franja que va desde los 3 años hasta los 8.
Si bien el estadío preliminar a la separación legal es un período de desventuras y de desencuentros amorosos los relatos de quienes han pasado por los tribunales para oficializar la ruptura de su matrimonio advierten que muchas veces las parejas –cegadas por el enojo o la desilusión- no llegan a comprender la magnitud que tomará el proceso que inician.
“Yo estaba completamente decidido a divorciarme -le contó a Info Región Marcelo M. (34)- Sin embargo cuando decidimos separarnos se me vino una avalancha de cosas encima. Las críticas familiares, la pérdida de mis espacios, la soledad de encontrarme los fines de semana sin mi grupo usual, que antes frecuentábamos los dos, y el sentimiento de fracaso, porque separarse es enfrentarse a un sueño que queda trunco”.
La psicóloga especializada en familia, Irene Loyácono, -que preside el Centro de Terapias con Enfoque Familiar- destacó el efecto desestabilizador que tiene la separación legal para una persona, y si bien aclaró que hay casos donde el proceso puede llevarse adelante con cierto equilibrio, aseguró que nunca deja de ser un trance doloroso para quienes lo experimentan, pese a que la decisión se haya tomado de común acuerdo con la pareja.
“En general el divorcio es un terremoto. Se han evaluado distintos estresores como las mudanzas, la muerte de un ser querido, los accidentes, y entre todos ellos la separación es uno de los peores. Claro que todo depende de cómo se lleve. Puede ser un proceso consensuado y por lo tanto un poco más liviano o transformarse en algo muy duro”, señaló la profesional consultada por este medio.
Para Loyácono, “cuando se produce el divorcio comienzan a aparecer una serie de componentes ocultos del matrimonio, como el aspecto económico, por ejemplo, que no figuraba como parte de la relación conyugal y que se manifiesta con toda su crudeza. La pareja debe repartir los bienes, y determinar cuánto aporta cada uno para la mantención de los chicos. Por más que sea una decisión tomada en conjunto no deja de ser dolorosa, es la pérdida de un sueño, el derrumbe total de un proyecto . La gente contrae matrimonio pensando que hace una buena elección y que va a poder construir una familia, una convivencia. Con el divorcio todo eso se desmorona. Son pocos los casos en que se vive como una liberación”.
Con ella coincidió su colega Susana Turati, psicóloga miembro de la Red Asistencial de Buenos Aires, (REDBA), asociación sin fines de lucro dedicada a la asistencia y a la docencia en salud mental.
“El tema es bastante complicado porque hay una ruptura. Cuando uno tuvo una idea o un vínculo que pensaba que iba a perdurar en el tiempo y esto no sucede hay una sensación de fracaso. El proceso empeora cuando hay hijos, porque la escena familiar se desdibuja y todos deben reacomodarse”, explicó.
El caso de Patricia G. (46) sienta un ejemplo para las palabras de las profesionales.
“Me casé a los 19 años y me separé formalmente el año pasado. Con mi marido, que es hijo único, vivíamos en una casa detrás de la casa de mis suegros. Nunca trabajé porque me dediqué al cuidado de los chicos. Teníamos un nivel de vida de clase media, con casa, auto y vacaciones, pero las cosas empezaron a tornarse insostenibles y decidimos separarnos. Por lógica fui yo quien abandonó la casa con mis dos hijas menores, porque el mayor, que ahora tiene 22, prefirió quedarse con el padre. Me despedí de mi hogar, tuve que salir por primera vez a trabajar y pasé a vivir con lo mínimo y con mi núcleo familiar desmembrado, porque me falta mi hijo en el día a día. No me arrepiento del paso que dí, pero confieso que fue más difícil de lo que pensaba. Es un desgarro tras otro, y todas las heridas duelen a la vez, hasta que el tiempo las va cerrando y uno puede edificar otros espacios y otras redes de contención.”, indicó la mujer.
Si bien de acuerdo a psicólogos, juristas y letrados especializados en familia, la disolución del vínculo matrimonial implica toda una reestructuración, dado que alrededor de la pareja se reacomoda todo el espacio y cambia el punto de inserción social, la situación se vuelve más difícil en el caso de que haya hijos.
Según los pediatras la manera en que los chicos asimilan la separación de los padres depende de cómo estos lleven adelante el proceso, pero de todos modos, sostienen es una situación que impacta de manera negativa. La salida de uno de los padres del hogar, la posible mudanza y la necesidad de reacomodarse en la nueva estructura que ha tomado la familia son cosas que pueden estresar a los chicos o a provocarles profundos estados de tristeza, más aún si el papá y la mamá no logran consensos básicos en las cuestiones que implican a los menores.
“Se debe cuidar a los hijos durante el proceso del divorcio. Lo que perjudica a los chicos es el desacuerdo entre los padres. Sin dudas que el hecho de que se vaya uno de ellos y se pierda la convivencia cotidiana produce un movimiento en los niños o adolescentes. De todos modos si pueden compartir sus vivencias con otros chicos que viven lo mismo el divorcio no es algo tan destructivo. Una mala convivencia es mucho peor”, aseguró Loyácono.
Lo cierto es que el divorcio es una instancia traumática no sólo por los cambios afectivos, económicos, sociales y emocionales que trae aparejado, sino también porque es el paso que implica que los problemas hasta el momento privados salten a la esfera de lo público.
“En mi caso mi marido no quiso separarse por las buenas y no tuve más remedio que iniciarle juicio por adulterio. Yo le comprobé una infidelidad y no quería que siguiéramos viviendo bajo el mismo techo, pero él no se quería ir porque decía que la casa también era de él y que no pensaba abandonarla. Fue duro, durísimo, porque toda la familia supo de los pormenores de nuestro matrimonio y al estar enterados todos se creían con derecho a opinar. Es como si hubiese tenido que abrir la puerta de mi casa y decir ‘entren todos y vean nuestras miserias’. Es triste afrontar las audiencia, y es duro también que los chicos se enteren de algo así y queden en el medio de esa situación”, le contó a Info Región Iris T. (52).
Infidelidad, incompatibilidades, rutina, aburrimiento, problemas económicos, pueden ser las causas particulares que lleven a un matrimonio a la disolución de su vinculo conyugal. Sin embargo, según los profesionales en las sociedades actuales existen factores macro que empujan al divorcio a un número cada vez mayor de parejas.
“Hoy, con una tasa de divorcios del 50 por ciento, de hecho algunos autores consideran el divorcio como una de las etapas de la familia. Sociológicamente pasan varias cosas: por un lado aumentó la expectativa de vida, por lo que los matrimonios deben durar más tiempo. Por otro lado hay una sobrecarga de expectativas sobre el matrimonio. Uno se casa con la idea romántica de que un hombre o una mujer puede hacerlo feliz, y con lo difícil que es vivir hoy con el amor solo no alcanza. Armar una vida teniendo que trabajar tantas horas, en un lugar como Buenos Aires, tan lleno de contaminación, de inseguridad, de ruido, de prepotencia, el tiempo para el amor, la convivencia y la familia es muy poco”, opinó Loyácono y agregó: “En la actualidad se da una cierta paradoja, los vínculos son más light y entonces se rompen más, y al mismo tiempo como son light la gente no invierte tanto en ellos porque no está segura de que vayan a durar: como no dura no invierten”.
El abogado Atilio Potteti indicó que en la actualidad dos son las vías posibles para llevar adelante un divorcio, y destacó que llegar al estudio de abogados con un consenso siempre es algo que beneficia a la pareja y a sus hijos.
“En la actualidad las partes pueden optar por el divorcio contradictorio o por el divorcio de presentación conjunta. La primera es la modalidad más traumática porque los cónyuges tienen que exponer todo lo que pasa en sus matrimonios. La segunda es la chance más recomendada por nosotros, porque es más rápida y menos conflictiva”, explicó el letrado.
Quienes atravesaron una separación matrimonial y todos los pasos legales que esa decisión implica aseguran que en el proceso hay vaivenes dolorosos, y que por lo general cuesta recuperarse y volver a emprender una camino que sea propio y no compartido.
Quienes acompañan a las parejas en ese trance sostienen esas afirmaciones, y confirman que uno de los momentos más controvertidos es el final del litigio por el cual las vidas de dos cónyuges quedan definitivamente desligadas la una de la otra.
La vida posmoderna, cargada de responsabilidades, tensiones y sobre exigencias, da a luz familias también posmodernas, dentro de las cuales las uniones de pareja se ven expuestas a múltiples factores.
Las relaciones conyugales en los tiempos del poco tiempo, en medio de la vorágine económica, opacadas por el afán de sobrevivir en un mundo cada vez más competitivo y demandante, son consideradas relaciones mucho más frágiles que las de antaño.
Sostener un matrimonio hasta el fin de la vida en la “era de la inmediatez” parece ser hoy por hoy una misión difícil, aunque no menos controvertida que tomar la decisión de disolverlo, sabiendo que quedarán en el camino los proyectos que alguna vez se planificaron a la sombra de un amor que se soñaba eterno.
Nota correspondiente a la publicación del día Martes de 30 de Mayo de 2006
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