Los Magos que vinieron de oriente


“Jesús había nacido en Belén de Judá durante el reinado de Herodes. Unos Magos que venían de Oriente llegaron a Jerusalém preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo.” Apenas un puñado de versículos del evangelio de Mateo son la única referencia canónica que sustenta una de las tradiciones de la cristiandad: la epifanía de Jesús, a la que conocemos como la ‘Fiesta de los Reyes Magos’ cuando legiones de chicos aprestan zapatos, acopian alimentos y agua para los camellos, o se deleitan con una rosca dulce mientras abren sus regalos en el marco de una celebración cuyo primer registro de de ayer nomás, de 1866, cuando tuvo lugar la primera cabalgata de Reyes en la ciudad valenciana de Alcoy, desde donde se extendió al resto de España y, de la mano de la emigración, a hispanoamérica.

¿De dónde se recogieron, entonces, las tradiciones que llegaron hasta nosotros y que no aparecen en el canon bíblico? Pues de una gran diversidad de fuentes entre ellas los evangelios apócrifos -no aceptados por la inmensa mayoría de las iglesias cristianas- como el Evangelio del Pseudo Tomás, o el Evangelio armenio de la infancia, y el Evangelio árabe de la infancia (ambos del siglo II), tradiciones orales, testimonios paleocristianos, necesidades políticas y un poco de imaginación, sincretismo y dogma hicieron el resto.

Mateo no habla de ‘reyes’ sino de ‘magos’ una palabra de etimología persa (ma-gu-u-sha), que no significa otra cosa que sacerdote. Del persa fue al griego, de allí al latín (magus), y desde esa estación a nuestro castellano ‘mago’.

Medio millar de años antes, Heródoto describió a los magoi, como una comunidad religiosa cuyos miembros vivían como sacerdotes en las costas del Caspio y que adherían al zoroastrismo, una religión proclamada por el profeta Zoroastro, un héroe solar muy similar al Cristo. Aún vigente, el zoroastrismo presenta paralelismos con el judaísmo y el cristianismo como la creencia en un solo dios -Ahura Mazda- y numerosos simbolismos en común que también los vinculan a los astrólogos árabigo-caldeos congregados en Babilonia que estudiaban la relación entre el curso de los astros y la historia humana.

Estos magos que influyeron en la redacción del los primeros libros bíblicos durante el cautiverio babilonio decretado por Nabuconodosor siempre estuvieron muy al tanto de las profecías mesiánicas de los judíos, un interés que persistió cuando fueron liberados por Ciro, el Grande a quien muchos de los cautivos de Israel acompañaron en su corte y al que prestaron numerosos servicios.

La aparición de los reyes es profetizada en el libro de Isaías: “Todos los habitantes de Saba vendrán, y traerán consigo oro e incienso, y proclamarán la salvación del Señor” cuando “un sinfín de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá”. 

También en el Salmo 72 se anuncia que unos reyes provenientes de Tharsis y de Saba serían los primeros en reverenciar al enviado del señor: “Los reyes de Tarsis y las islas traerán tributo. Los reyes de Sabá y de Seba pagarán impuestos; todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las naciones”. 

Nace el mito

La leyenda de los Magos nació en el siglo IV en el Opus imperfectum in Mattheum una obra anónima que exhibe una cristología arriana a la que se supone inspirado en el Libro de Seth, escrito en el siglo III en Edesa. 

Los primeros testimonios de sus nombres nos llegan desde el siglo V por intermedio de dos textos, el Excerpta latina bárbari, en el que los llama Melichior, Gathaspa y Bithisarea,y el Evangelio armenio de la infancia, donde se les llama “Melkon el primero, que reinaba sobre los persas; después Baltasar, que reinaba sobre los indios, y el tercero Gaspar, que tenía en posesión el país de los árabes” .

Si bien en las catacumbas de santa Priscila, datadas a comienzos del siglo II aparecen pintados los magos por primera vez, será en un mosaico del año 520 de una iglesia en la localidad de Rávena, la última sede del emperador romano de Occidente y del poder bizantino en la península itálica: la iglesia de San Apolinar Nuovo que encontramos representada la procesión de las vírgenes que es encabezada por tres personajes ataviados con gorro frigio a la manera de los persas quienes llevan ofrendas para una María entronizada con su hijo, Jesús, en su rodilla. Por sobre las testas persas, tres nombres: Gaspar, Melchior, Balthassar.

Estos nombre se corresponden a los griegos Appellicon, Amerín y Damascón;  a los hebreos Magalath, Serakin y Galgalath y  los siríacos Larvandad, Gushnasaf y Hormisdas, aunque el Libro de la caverna de los tesoros, escrito sirio durante el siglo IV habla de Makhodzi, Jazdegerd y Peroz. En ese mismo siglo -y tal vez el primer intento por nombrarlos- el escritor sirio Efrén los llama: “Homizda, rey de Persia, Yazdegerd, rey de Sabá, y Perozad, rey de Arabia”.

Por su lado, la versión amhárica del protoevangelio de Santiago habla de tres magos y les asigna nombres etíopes: Tanisuram, Malik y Sissebá.

La costumbre de representarlos a la moda persa evitó que en 614 los ejércitos de la dinastía iraní de los sasánidas que comandados por Cosroes asolaron Palestina destruyeran la basílica de Belén construida por Constantino y Justiniano al encontrar mosaicos en los que aparecían los magos con indumentaria persa.

Números y regalos

El número de tres magos figura en los apócrifos y su primera referencia canónica la trae Orígenes, en el siglo III, una cifra que será consolidada en el siglo V por el papa León I el Magno aunque según la tradición que se tome este número podría llegar al centenar, tal como veremos.

En una pintura en el cementerio de san Pedro y san Marcelino en Roma nos muestra a dos mientras que otra en el cementerio romano de Domitila pinta a cuatro y un jarrón en el museo florentino Kircher representa a ocho. Para los armenios son doce, un número consistente con los meses y la cantidad de apóstoles, aunque para otros armenios son quince mientras que para los coptos de Egipto son sesenta y citan los nombres de más de una docena de ellos.

Hacia el 845, en el Liber Pontificalis aparecen nombrados como Bithisarea, Melichior y Gathaspa nombres que habían sido recogidos por Beda, el Venerable hacia el año 700: “El primero de los Magos fue Melchor, un anciano de larga cabellera cana y luenga barba, siendo quien ofreció el oro, símbolo de la realeza divina. El segundo, llamado Gaspar, joven, imberbe de tez blanca y rosada, honró a Jesús ofreciéndole incienso, símbolo de la divinidad. El tercero, llamado Baltasar, de tez morena, testimonió ofreciéndole mirra, que significaba que el hijo del hombre debía morir”

San Ireneo a mitad del siglo I en el Adversus haereses indicará que: “Por medio de sus dones mostraban quien era aquél a quien se debía adorar: le ofrecieron mirra porque tenía que morir por el género humano; oro porque es rey y su reino no tendría fin; incienso porque es Dios” 

Sin embargo en el Evangelio armenio de la infancia se indica un cuarto regalo ofrecido por Melkon quien ofreció un libro que guardaba como herencia: “He aquí tu carta, que a nuestros ascendientes entregaste en custodia, firmada y sellada por ti.” Este libro había sido regalado por D’s a Adán, tras la muerte de Abel a manos de Caín y en el que anunciaba a un doliente padre que que “en el año seis mil, el día sexto de la semana, el mismo en que te creé, y a la hora sexta, enviaré a mi hijo único, el Verbo divino, que tomará carne en tu raza, y que se convertirá en hijo del hombre, y que te restablecerá de nuevo en tu dignidad original, por los supremos tormentos de su cruz. Y entonces tú, Adán, unido a mí con un alma pura y un cuerpo inmortal, quedarás deificado, y podrás, como yo, discernir el bien y el mal.”


De Adán a Seth, de Seth a Enoch hasta Noé quien lo entregó a Sem éste a sus hijos, y éstos a los suyos hasta Abraham quien lo entregó a Melquisedec, el pontífice, para que lo custodie hasta que llegó a Ciro, el Grande, rey de reyes, quien ordenó su custodia hasta la natividad para que los magos lo entregasen a quien debía cumplir con la profecía, escrita y sellada por el dedo de D’s.

El tres es un número plagado de simbolismos. Tres fueron los hijos de Noe que repoblaron la Tierra: Sem, Cam y Jafet. Tres las tierras conocidas: Europa, Asia y África. Tres las personas de D’s que es uno y trino: padre, hijo y espíritu. Tres las edades del hombre: 60, 40 y 20 años, como indica el Catalogus Sanchtorum de Petrus de Natatibus del siglo XV.

Además, tres fueron los presentes: oro para el rey que nacía; incienso para el dios que se encarnaba; y mirra para representar la pasión y muerte del cordero que quitaría los pecados del mundo. Estas ofrendas no eran novedad, por ejemplo, tres siglos antes Seleuco I Nicátor ofrendó oro, incienso y mirra a Apolo en su santuario de Dídima. Es que el Cristo no fue el único niño solar ungido que nació un 25 de diciembre pues -hasta donde sabemos-

Apolo, Hermes, Dionisios, Buddha, Zarathurstra, Krishna, Mithra, Horus, Heracles, Tammus, Adonis y Moisés, entre otros héroes solares, nacieron en el solsticio invernal como anuncio y promesa de una nueva vida.

Durante siglos los tres reyes fueron blancos, recién en 1380 Altuchiero da Zevio retrata a uno de los magos cetrino y en 1437 Hans Multscher lo representa negro. Sin embargo, en 1433 y 1445 Fra Angelico los muestra a todos blancos, actitud que imitará, en 1500, Boticelli, aunque El Bosco, en su Tríptico de la adoración de los Magos, pintará un Baltasar negro en una época rica en baltasares amerindios tocados con plumas muy consistentes con la expansión del mundo conocido en un tiempo en el que comienzan a ‘ennegrecerlos’ tal como se hizo en claustro de la catedral de Pamplona.

Adoración y después

Hay relatos que indican que los Magos fueron advertidos en sueños que tras adorar al niño no debían volver a Jerusalem a enfrentar a un Herodes que, consumido por el miedo al nacimiento del Mesías, había masacrado a los niños por lo cual ellos huyeron por caminos desconocidos que los llevaron al reino de Saba -Sāveh o Sāva, una ciudad en la provincia iraní de Markazi localizada a 100 kilómetros al sudoeste de Teherán- donde fueron encontrados por el apóstol Tomás quien los bautizó y consagró como obispos.

Después de acceder a la palma de martirio de rigor en el 70, sus cuerpos fueron depositados en el mismo sarcófago hasta que a principios del siglo IV, Elena, la madre de Constantino, el emperador que hizo del cristianismo la religión oficial del imperio, los encontró. No tenemos demasiados detalles del suceso salvo que fue en un viaje a Persia, pero sí sabemos que Elena ya tenía su haber el hallazgo de la Vera Cruz y de la Santa Lanza, del sepulcro del apóstol Matías y varias reliquias más tras lo cual fue elevada a los altares y que el trono de su hijo logró la legitimación necesaria de la nueva religión dominante. 

Para mayor confusión en el santoral de Colonia una nota necrológica indica: “Habiendo sufrido muchos juicios y fatigas por el evangelio, los tres sabios se encontraron en Sevá, en el año 54 d. C. para celebrar la fiesta de Navidad. Poco después de la celebración de la misa, murieron: San Melchor, el 1 de enero, a la edad de ciento dieciséis años; San Baltasar, el 6 de enero, a la edad de ciento doce años, y San Gaspar, el 11 de enero, a la edad de ciento nueve años”.

Pocos años después, Constante II, hijo de Constantino el Grande, donó las reliquias a Eustorgio, obispo de Milán y “defensor de la fe” quien los trasladó hasta su diócesis donde erigió un templo al que se conoció como ‘basílica de san Eustorgio’ para custodiar los restos que descansaron allí hasta que en 1162, Milán fue saqueada por el sacro emperador romano y germánico Federico I de Hohenstaufen, conocido como Barbarroja, en el marco de su disputa con el papado para definir la prevalencia en la cristiandad.

Nada mejor que emular al gran Constantino y legitimarse con las reliquias de quienes fueron reyes y sacerdotes. Fue así que a instancias de Reinaldo de Dassel, obispo de Colonia y consejero imperial, que llevó las reliquias al centro vital del imperio que no era otro que… Colonia, a orillas del Rhin. 

Cuenta la leyenda que los sarcófagos estaban rodeados por un círculo dorado que indicaba que no debían ser separados y que cuando Reinaldo ordenó que levantaran la losa las tumbas milanesas estaban vacías. No sabemos a qué medios apeló el consejero para descubrir que durante el asedio los milaneses habían escondido los huesos bajo el campanario de la Iglesia de san Giorgio Palazzo. 

La tradición cuenta que los huesos coronados estaban envueltos en una tela de hebras de hilo de China, enhebrada en oro y teñida en púrpura de Tiro a la que se supone datada en el siglo IV lo cual sería consistente con el hallazgo de de Elena. También indica que los relicarios con los presentes de la natividad se encuentran en el monasterio de san Pablo del monte Athos en la Calcídica griega.

Una vez en Colonia, el tráfico de peregrinos ‘obligó’ a erigir un nuevo edificio: la catedral de san Pedro y santa María de Colonia, iniciada en 1248 y cuya concreción demoró seis siglos, en la que se depositó el relicario más grande de la cristiandad. 


Con forma de basílica, pesa más de 350 kilos y mide más de un metro de ancho, un metro y medio de alto y algo más de dos metros de largo, guarda en tres cajas forradas en terciopelo las reliquias de los magos. Esta obra en madera revestida de oro y plata, con esmaltes y joyas, fue labrada por el francés Nicolás de Verdún junto a orfebres alemanes durante los siglos XII y XIII.

En 1864 se abrió el relicario y, además de algunas monedas de oro, encontraron: “En un compartimiento especial del relicario que ahora se ve, junto con lo que queda de antiguas, viejas y podridas vendas, probablemente de lino, y con restos de resinas aromáticas y sustancias semejantes, numerosos huesos de tres personas, que bajo la guía de varios expertos presentes se podría reunir en cuerpos casi completos: el uno en su juventud temprana, el segundo en su virilidad temprana, el tercero envejecido más bien …

Sin embargo, Marco Polo en su Libro de las maravillas, cuenta que en la ciudad irania Saveh, en la Ruta de la seda, estaban enterrados Melchor, Gaspar y Baltasar, “en tres sepulturas grandes y hermosas; encima de cada sepultura hay una casa cuadrada, redonda en la cima, bien trabajada; y están unas al lado de otras”’, es decir que contradice la ortodoxia al desconocer Colonia. No quedan rastros de esas tumbas, pero sí sabemos que los venecianos Polo eran partidarios del papa romano en su lucha contra el emperador germano. Antiguos juegos de poder.

En términos de la liturgia, la fiesta de los Reyes es la Epifanía, un término de origen griego que significa la manifestación divina, es decir, que D’s se revela. En este sentido, esta sería la primera de las tres epifanías crísticas y en la que se da a conocer a los gentiles. Le seguirán la del bautismo, cuando se manifiesta al pueblo de Israel, y la de las bodas de Caná cuando se revela a sus discípulos.

Sin embargo, éstas líneas se vuelven ceniza en el viento cuando un viejo aguilando de Asturies recobra vida en la voz de mi hija Amparo para revelarnos que: “Uno yera pervieyu, otru medianu, otru yera un buen mozu, yera asturianu”.

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