Este loco mundo que habitamos


Freud nos ha enseñado a entender el alma humana, compuesta por un puñado de pulsiones en pugna y en permanente empuje por alcanzar satisfacción. Este propósito, en muchas ocasiones, entra en conflicto con otros poderes que se oponen a este cometido.

Esencialmente nuestra estructura psíquica es una respuesta al conflicto entre las exigencias pulsionales, y las exigencias del mundo externo, los apremios de la vida impiden que esas satisfacciones pulsionales encuentren un curso adecuado de descarga. El conflicto quedaría planteado en estos términos: si me rindo ante las demandas del mundo externo, renuncio a la satisfacción pulsional, si doy cabida a las exigencias pulsionales entro en conflicto con el mundo externo y esto conlleva un peligro.

Tres respuestas posibles dan cuenta de la solución de este conflicto: Neurosis, perversión o psicosis, y en ellas, se encierra toda la nosografía freudiana. Este hallazgo de la teoría psicoanalítica produce dos grandes efectos en el campo de la clasificación. En primer lugar, reduce el farragoso e interminable compendio de trastornos, síntomas y descripciones de las enfermedades mentales a tres posibilidades estructurales, y, en segundo lugar, y esto es importantísimo, hace la frontera entre lo normal y lo patológico muy difusa, en definitiva, entre la salud y la enfermedad solo hay una cuestión de intensidades.

En la perversión, se produce una desmentida parcial de la realidad, y se conserva la satisfacción pulsional, pero al costo de una división fundamental del aparato donde una parte acepta y otra niega, el ejemplo palmario de esta forma de resolución es el fetichismo, el sujeto fetichista acepta la castración, y a la vez la niega representando en el fetiche el falo perdido.

Para la neurosis;- el modo de resolución psíquica que se acerca más a lo que vulgarmente se entiende como “normalidad”-; en el conflicto entre la exigencia pulsional y la realidad externa, ha triunfado esta última, la pulsión se reprime, y el sujeto neurótico se las ve, como puede, con las exigencias del mundo acarreando sus síntomas, sus dudas y su malestar.

En la psicosis, la estructura donde históricamente ha reinado la locura; aunque debemos hacer la aclaración, en función de lo que hemos descripto líneas arriba, que ni la locura es patrimonio exclusivo de la psicosis, ni toda psicosis se manifiesta al modo de lo que en términos generales entendemos como locura. 

Hecha esta salvedad, la estructura psicótica es el triunfo de la exigencia pulsional sobre la realidad, la realidad es negada o deformada para adecuarla a las demandas pulsionales, el precio de esta respuesta es un devastador arrasamiento del yo, el grado de deformación de la realidad y de devastación subjetiva se presenta en un espectro que va desde manifestaciones imperceptibles hasta casos donde se hace imposible el lazo social.

Las manifestaciones típicas características de la psicosis, como los delirios y las alucinaciones son intentos de reconstruir la realidad dañada en consonancia con las exigencias pulsionales.

En líneas generales hay dos grandes posibilidades, que el sujeto psicótico esté “brotado” y se hace necesaria la intervención farmacológica, psicoterapéutica, e inclusive el aislamiento, o que el sujeto esté estabilizado, o compensado, en una certeza delirante que puede estar localizada, o puede extenderse a todo el campo vital de la persona, pero le permite estar de algún modo vinculado con el mundo y desempeñarse en él. Digamos que no es lo mismo tener la certeza de que se es víctima de una conspiración a nivel planetario, que pensar que el hombre nunca llego a la luna.

De todos modos, tanto como para que un delirio masivo como una acotada certeza tengan lugar es necesario que haya un contexto que ubique esas manifestaciones como marginales, o que el contexto les dé la posibilidad de organizar el mundo.

Estas estructuras que hemos descripto de una manera muy abreviada se ordenan de este modo en función de la defensa que se haya impuesto en la organización de la estructura a saber: desmentida, represión o desestimación.

Este aparato conceptual que el viejo zorro de Viena nos ha proporcionado para poder ordenar la estructura de la personalidad psíquica es útil también para pensar el campo de lo social contemporáneo.

Es notable que atravesamos una época en la que hay espacio para el surgimiento de líderes cuyo excentricismo, cuyas teorías acerca del funcionamiento del mundo y sus certezas respecto del bien y el mal no hubiesen tenido cabida pocos años atrás, estas manifestaciones son recogidas y promocionadas por las ultraderechas a nivel mundial, pero probablemente no sean de uso exclusivo.

¿Qué ha pasado en el mundo, para que esto sea posible?

En el año 1974 Lacan plantea la hipótesis de que el mundo contemporáneo ha dado lugar a la caída de un ordenador histórico de los modos de satisfacción, que en psicoanálisis se nombra como Nombre del Padre, y que éste ha dado paso a otra forma de ordenamiento que no necesita de esa figura paterna, a renglón seguido dirá que el Nombre del padre está verworfen, (palabra alemana que ha sido traducida como desestimación, la defensa que estructura la psicosis) y que esto es (a nivel de lo social) el comienzo de la locura misma. Augura, ya en aquel entonces, el retorno del Nombre del Padre de una forma catastrófica.

Creemos que la hipótesis que Lacan planteara hace ya más de 50 años se ha consumado y estamos viviendo los retornos catastróficos que anticipara.

El mundo actual pareciera ser un mundo que está en consonancia con la estructura de la psicosis, y está dispuesto a ser conducido por quienes se creen capaces de modificar la realidad a su antojo. La técnica se pone al servicio de este propósito, el mundo del algoritmo fabrica una realidad para cada consumidor.

Las condiciones están dadas para que expresiones del mas psicótico autoritarismo produzcan lideres acordes con esas mismas condiciones.

Pero atención, no basta con el hecho de que la emergencia de líderes alienados sea funcional a determinados factores de poder para perpetuar la hegemonía de sus privilegios, es necesaria una sociedad adormecida capaz de creer que la tierra es plana…

Es necesario despertar para volver a hacer de la común medida la forma de conservar y hacer perdurar el lazo social, de lo contrario, el imperio del odio seguirá consumando su programa de destrucción.