Dolor por la muerte de Brígida Malacrida de Arcuri, la 3 veces intendenta que transformó San Vicente


Este sábado, en el silencio de una habitación del Instituto Fleni, se extinguió una vida dedicada por completo al servicio de su pueblo. Brígida Malacrida de Arcuri, quien fuera intendenta de San Vicente durante tres períodos consecutivos entre 1995 y 2007, falleció acompañada por su esposo, Antonio Arcuri, luego de dar una valiente batalla durante años años contra una salud que la traicionaba.

Con su partida, se pierde a una de las figuras más entrañables de la política bonaerense, una mujer que supo convertir el amor por su tierra adoptiva en un legado de obras y compromiso social.

Los primeros pasos: de la Italia devastada por la guerra a la esperanza peronista

La historia de Brígida comenzó en 1947, en Polpenazze, una pequeña localidad de la Provincia de Brescia, al norte de Italia. Tenía apenas cuatro años cuando, en 1950, junto a su familia, emprendió un viaje que cambiaría para siempre su destino. Fueron 30 o 40 días en un barco “deplorable”, como ella misma lo recordaba, pero que la llevaría hacia una nueva vida en Argentina.

Su padre había llegado dos años antes, contratado por una empresa constructora que trabajaba para el peronismo, a la que le tocó construir un barrio en Guernica, por entonces partido de San Vicente, para el sindicato de los tranviarios.

La familia Malacrida llegó a un país que, bajo el gobierno de Juan Domingo Perón, ofrecía trabajo y oportunidades tanto para argentinos como para extranjeros. “Me siento agradecida de aquel peronismo”, solía decir Brígida, recordando cómo esa Argentina les mostró “una opción diferente a la guerra, donde había trabajo para todos”.

La familia se asentó inicialmente en Guernica, y posteriormente, en 1973, Brígida se mudó a Alejandro Korn, el mismo año en que contrajo matrimonio con Antonio Arcuri, quien más tarde sería senador provincial, titular del Ente de Reconstrucción del Gran Buenos Aires y luego Secretario Legal y Técnico de la Presidencia de la Nación, durante la administración de Eduardo Duhalde. De ese matrimonio nacieron 3 hijos, dos mujeres y un varón, que colmaron de nietos la familia.

La vocación docente: treinta años formando conciencias

Antes de llegar a la política, Brígida forjó su carácter y su profundo conocimiento de la realidad social a través de la docencia. Durante treinta años se desempeñó como maestra, una experiencia que ella consideraba fundamental para entender los problemas de las familias. “Pasé treinta años en el aula, lo que me permitió relacionarme con los problemas de las familias”, recordaba con orgullo.

Esta formación docente no fue indiferente en su posterior desempeño en la política. La escuela le había enseñado a escuchar, a comprender las necesidades más profundas de la gente común, y a encontrar soluciones prácticas para problemas cotidianos. La maestra Brígida nunca dejó de serlo, incluso cuando ocupó el sillón de intendenta.

El llamado de la política: cuando el servicio se convierte en destino

Su ingreso a la política no fue producto de una ambición personal, sino del reconocimiento de una vocación de servicio que había manifestado desde siempre. “No tenía aspiraciones políticas iniciales”, confesaba con humildad. Su involucramiento comenzó de manera natural, gestionando becas para estudiantes y ayudando a la gente de su distrito, aprovechando las oportunidades que le brindaba el hecho de que su esposo fuera senador.

El destino la llevó a postularse para la intendencia de San Vicente en 1995, y el resultado fue categórico: obtuvo el 85% de los votos en su primera elección. No fue casualidad. La preparación había sido exhaustiva, trabajando con especialistas de la Provincia para estudiar en profundidad la administración, salud, educación y seguridad del distrito.

Tres mandatos de transformación: la gestión que dejó huella

Durante doce años consecutivos, desde 1995 hasta 2007, Brígida Malacrida de Arcuri se convirtió en la arquitecta de la transformación de San Vicente y dejó una marca indeleble en su tierra. Su gestión se caracterizó por una numerosa cantidad de obras que logró concretar, siempre manteniendo las cuentas municipales “en positivo, jamás en rojo”, según destacaba ella misma.

Al asumir, reconocía su falta de antecedentes en la administración pública, pero su humildad para aprender y el apoyo del gobierno provincial le permitieron equipar al municipio con la maquinaria y los recursos necesarios para trabajar. “Dios me puso en el momento justo y en el lugar justo”, solía decir, pero quienes la conocieron sabían que detrás de esa frase había un trabajo incansable y un “gran cariño por la gente”.

Una de sus obras más significativas fue su participación como “artífice” en la llegada del tren eléctrico a San Vicente. Comprendía que esto representaba una ventaja para quienes estudiaban o trabajaban en Buenos Aires, aunque también generaría “un gran y repentino aumento de la población” en la zona, atraída también por nuevos servicios como gas natural, agua, cloacas y escuelas en muchos barrios.

La gestión del patrimonio histórico: custodiar la memoria de Perón

Durante su intendencia, San Vicente se convirtió en un lugar de especial significado para el peronismo. La quinta donde Juan Domingo Perón y Eva Perón solían descansar se transformó en el “Museo-quinta 17 de Octubre”, una obra financiada a través del Fondo del Conurbano. La refacción de este espacio histórico fue defendida por Brígida y su esposo Antonio Arcuri como una inversión en defensa del patrimonio cultural provincial.

En 2006, como intendenta, tuvo el orgullo de participar de uno de los momentos más delicados de su gestión: el traslado de los restos de Juan Domingo Perón al mausoleo construido en su quinta de San Vicente.

El legado de una vida: la política como servicio

Para Brígida, la política nunca fue una carrera personal, sino una forma de servicio. “La política significó poder darle a mi pueblo un mejor bienestar, un poco de mejora en la calidad de vida”, explicaba con la sencillez que la caracterizaba. Creía firmemente que la función de la política era “estar al servicio de la gente” para resolver los problemas generales del distrito.

Su decisión de no presentarse a la reelección en 2007 fue profundamente personal y generosa. “Todos tenemos etapas en la vida”, reflexionaba, considerando que era tiempo de dar paso a “jóvenes con mucha capacidad, con muchas ganas”. Daniel Di Sabatino la sucedió en el cargo, marcando el final de una era de gestión que había transformado San Vicente.

La mirada al futuro: una Argentina que siempre esperó

Hasta sus últimos años, Brígida mantuvo una mirada esperanzada hacia el futuro, aunque no sin preocupaciones. En 2018, observaba con tristeza una “involución en muchos aspectos” del distrito, particularmente en lo cultural, el nivel de vida y las oportunidades de progreso. Le dolía especialmente ver que localidades como Alejandro Korn y Domselaar estaban siendo “olvidadas”.

Su última esperanza política era ver surgir a una persona joven que hiciera de San Vicente “más grande, más vivible de lo que fue y donde la gente tenga oportunidades”. Esa búsqueda constante de un futuro mejor para su pueblo reflejaba el espíritu que la animó durante toda su vida.

Una despedida que honra una vida de servicio a su pueblo

Brígida se va dejando un legado que trasciende las obras de cemento y las estadísticas de gestión. Su verdadero legado está en haber demostrado que la política puede ser genuinamente un servicio al pueblo, que la humildad y la preparación pueden transformar comunidades, y que el amor por la tierra adoptiva puede mover montañas.

La niña italiana que llegó en un barco deplorable se convirtió en la “Maestra del Pueblo” que transformó San Vicente. Su vida fue un ejemplo de gratitud hacia la Argentina que la recibió, de compromiso con la comunidad que la eligió, y de fe en que la política puede ser una herramienta de transformación social.

En el silencio de este viernes, mientras Antonio velaba su sueño eterno, San Vicente perdía a una de sus vecinas más recordadas. Su ejemplo perdura, como un faro que ilumina el camino hacia una política más humana, más cercana, más comprometida con las necesidades reales de la gente.

Brígida descansa en paz, con la certeza de haber cumplido con su pueblo y con la historia que la adoptó como propia.