Falleció Miguel Ángel Russo, un símbolo de Boca y del fútbol argentino

El histórico entrenador, de 69 años, falleció este miércoles tras atravesar una prolongada enfermedad; su muerte conmueve al mundo xeneize y a todo el fútbol argentino.

El mundo Boca y el fútbol argentino viven horas de profundo dolor por la muerte de Miguel Ángel Russo, quien permanecía internado en su domicilio luego de un fuerte cuadro de debilidad con pronóstico reservado. El entrenador, que dirigía al conjunto xeneize hasta su fallecimiento, tenía 69 años y en el último tiempo se lo vio muy cansado al mando del equipo. Su deceso fue confirmado este miércoles, después de haber sido hospitalizado por breves períodos desde comienzos de septiembre. La noticia corrió rápido por los pasillos de la Bombonera y por los clubes que marcaron su historia, donde el respeto y el afecto fueron la nota dominante.

El dolor se mezcla con el reconocimiento a una trayectoria que dejó marcas profundas. Russo fue mucho más que un director técnico exitoso: encarnó una forma de entender el compromiso profesional, el trabajo cotidiano y el liderazgo sereno. Su figura se asoció a momentos de enorme felicidad para los hinchas xeneizes, pero también a un trato cercano y humano con futbolistas, colegas y empleados. En los últimos días, su entorno había transmitido preocupación por su estado, y el club brindó acompañamiento con la discreción que la familia pidió desde un principio.

En el vestuario y en el mundo del fútbol, el recuerdo de Russo aparece ligado a la templanza y a la convicción. Jugadores de distintas generaciones lo definieron como un entrenador que sabía escuchar y que sostenía sus decisiones sin estridencias, con una autoridad nacida del conocimiento. La imagen de Russo en la línea de cal, sobria y concentrada, atravesó décadas y quedó anclada a partidos decisivos, títulos y despedidas. Hoy, ese mismo perfil sereno se resignifica en el homenaje sentido que le rinde la comunidad futbolera.

Trayectoria, conquistas y una huella que perdura

Nacido en Lanús en 1956, “Miguelo” debutó profesionalmente en 1975 en Estudiantes de La Plata, club en el que se desarrolló como mediocampista y en el que permaneció durante toda su carrera. Con el Pincha, obtuvo los campeonatos de Argentina 1982 y 1983, en un período de fuerte identidad y pertenencia que lo formó para su etapa posterior. Aquella escuela de rigor táctico y amor por el detalle sería un sello inconfundible en su futuro como entrenador. Sus excompañeros solían remarcar su disciplina y su lectura de juego incluso cuando todavía era futbolista.

Como director técnico, Russo inició su camino en 1989 en Lanús y, dentro del fútbol local, dirigió a Estudiantes, Rosario Central, San Lorenzo, Vélez, Racing y otros equipos, además de sus tres ciclos en Boca. En el ámbito xeneize, alcanzó la Copa Libertadores 2007, una conquista que lo inscribió para siempre en la historia grande del club. Años más tarde, sumó el título de la Liga Profesional 2020 y la Copa Argentina de esa misma temporada, confirmando su vigencia y su capacidad para reinventarse. En todos los casos, su conducción combinó firmeza, respeto y un trabajo táctico minucioso.

La última etapa en Boca lo encontró con la experiencia de quien conoce los ritmos del club y las exigencias de una camiseta que demanda protagonismo permanente. Aun así, su entorno admitió señales de fatiga en los últimos meses, en un contexto de competencia intensa y calendario ajustado. “Lo veo muy cansado. Ayer lo miraba sentado y viste… Llevar a Boca en la espalda es como arrastrar un camión. Es duro. Él viene de una enfermedad y está bien… Para mí, está bien, pero lo veo demacrado. Miguel está luchando en muchos frentes”, dijo Hugo Gottardi, exayudante de Russo, en declaraciones a Radio del Plata luego del 2-0 de Boca ante Aldosivi. Sus palabras reflejaron la preocupación que rodeaba al entrenador, sin opacar el reconocimiento a su coraje para seguir al frente del plantel.

El anuncio del fallecimiento impactó también en quienes trabajaron con él en sus distintas etapas. Futbolistas formados por Miguel destacaron su capacidad para mejorar rendimientos y fortalecer grupos, con prácticas precisas y mensajes claros. Exdirigentes y colegas subrayaron su respeto por las reglas, su apertura al diálogo y su sensibilidad para sostener a jugadores jóvenes en momentos complejos. La despedida, así, trasciende la camiseta y convoca a hinchas de distintos colores que hoy lo recuerdan con gratitud.

La gloria con Boca

En el entorno xeneize, las imágenes de la Libertadores 2007 se mezclan con instantes recientes, como la vuelta olímpica de 2020, cuando Russo volvió a levantar un trofeo con Boca. Aquellos títulos condensaron una idea de equipo solidario, atento a los detalles y con una convicción que se transmitía desde el banco. La figura de Miguel operó como faro en escenarios de presión, con decisiones firmes y un trato humano que construyó confianza. Esa combinación explica por qué su nombre se pronuncia hoy con un respeto que no admite grietas.

El legado de Miguel Ángel Russo también se apoya en la coherencia. A lo largo de décadas, sostuvo una misma ética de trabajo, sin estridencias ni atajos, enfocada en el crecimiento colectivo. Quienes pasaron por sus equipos recuerdan charlas extensas sobre táctica, pero también gestos sencillos que ordenaban el día a día: puntualidad, cuidado del vestuario, compromiso con el compañero. En tiempos de cambios acelerados, esa constancia se vuelve un punto de referencia para nuevas camadas de entrenadores.

La despedida deja un vacío difícil de llenar, aunque su huella quedará en cada cancha donde dirigió y en cada plantel al que formó. Boca pierde a un conductor respetado, y el fútbol argentino despide a un profesional que construyó grandeza desde la serenidad y el trabajo. Quedará el consuelo de sus enseñanzas, la memoria de sus equipos y la gratitud de quienes encontraron en Russo a un guía discreto y firme. En el duelo, la comunidad futbolera elige recordar al hombre que hizo de la simpleza una virtud y del compromiso una bandera.