Apuntes para la historia del beso II


Hay quienes sostienen que el beso en la boca se viralizó a causa de una ley impuesta ocho siglos antes de Cristo por Rómulo, primer rey y fundador mítico de Roma, por la cual se prohibía a las mujeres beber el vino puro, al que se conocía como temetum, al punto tal que siquiera podían tener las llaves de las bodegas. Todo sea para que mantuvieran “una perfecta y pudorosa conducta”.

A raíz de esta norma, y según narran Plutarco y Valerio Máximo, para saber si alguna mujer había violado la ley, el marido debía sentir su aliento. Sabe Baco por qué la ley se hizo aún más rígida y obligó a los hombres a que en privado rozaran con sus labios los de su cónyuge para garantizar la abstinencia etílica de la matrona tras lo cual alguien hizo de la necesidad virtud y fingiendo rigor legal procedió a constatar profundamente para lo cual apeló a introducir su lengua en la boca de la fémina. El resto lo podemos imaginar. No por nada maridamos vino y beso.

En la antigua Roma el beso como saludo era una práctica habitual de la conducta social que debía ser cuidada. El retórico Marco Fabio Quintiliano se quejaba de los novios se besaban “como si fueran marido y mujer”, pues eso equivalía a la consumación del matrimonio.

Tal como nos cuenta Donato, los romanos distinguían tres clases de besos: “Oscula officiorum sunt, basia pudicorum afectuum, suavia libidinum vel amorum” (Oscula para asuntos de trabajo, basia para el pudoroso afecto y suavia para el amor libidinal).

Latinos al fin, los romanos solían besar su propia mano para luego extenderla a la persona o estatua a la que honraba o saludaba. También saludaban así los artistas, aurigas y gladiadores. Si dos romanos se encontraban se besaban en la frente y en la boca, al igual que los parientes aunque fueran de distinto sexo lo que dio pie a Propercio para quejarse del excesivo número de parientes varones de sus amigas.

El más grande de los poetas romanos, Catulo, habla del beso en su quinto epigrama:

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos.
Que los rumores de los viejos severos
no nos importen.
El sol puede salir y ponerse:
nosotros, cuando acabe nuestra breve luz,
dormiremos una noche eterna.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta, no la sabremos nosotros
ni el envidioso, y así no podrá maldecirnos
al saber el total de nuestros besos.

Los romanos besaban a los niños y a sus amigos estirándoles los lóbulos de las orejas de una forma similar a la que se tomaban las asas de una vasija, una forma de asegurar memoria del encuentro y veracidad de los dichos tal como cuentan Teócrito, Plauto, Plutarco y Clemente de Alejandría.

El beso fue también un signo usado ante testigos para formalizar contratos como, por ejemplo, una unión matrimonial, es decir un proto “puede besar a la novia” y también se apelaba al beso sobre un acta o contrato como símbolo de conformidad una práctica que se prolongó hasta entrada la Edad Media.

Tampoco está de más recordar que en la lejana y céltica Irlanda mientras los bárbaros atravesaban el Rin, un esclavo galés romanizado llamado Patricio besaba la tetilla de un pirata para sellar el contrato del viaje que lo llevaría a las Galias donde se consagraría obispo para luego santificarse en su isla verde.

Edad Media y Renacimiento

En el Medioevo, el beso recupera centralidad a la hora de manifestar admiración y respeto tal como hacen los musulmanes cuando besaban un hombro según describe el Cantar de Mio Cid en el encuentro del moro Abengalbón con Álvar Fáñez. Una costumbre que aún está vigente en el Islam para reconocer y honrar a personajes como, por ejemplo, las familias reales de Arabia.

Mientras tanto, en el cristianismo de rito romano el beso como saludo de respeto se dará en mano, pies, cordones del hábito o en las joyas cuya portación denotaban rango. El beso en la mano era señal de reconocimiento de vasallaje feudal, en el rostro era señal de paz, una costumbre tan arraigada que se incorporó a la liturgia y aún perdura.

El hecho de besar una X en un documento implicaba un compromiso legal ante Cristo pues la X simbolizaba la letra griega Ji a la que los romanos trasliteraron con el dígrafo ch en una palabra que determinaría la Edad Media: Christus y en cuyo nombre se anuló la práctica del beso como herramienta erótica.

Hubo que esperar hasta el Renacimiento donde resurge, pero como componente de una expresión artística clásica relacionada con un romanticismo que actúa como fuente de poderes mágicos tal como se reflejan en las obras de William Shakespeare y las pinturas de Hans Baldung, que solían asociarlo a la divinidad, brujería y el pecado.

Tras las corrientes del barroco, surge el rococó con una impronta más cortesana y en el que la subjetividad autoral tendrá preponderancia, Refinado, exótico, erótico y sensual hasta la sexualidad, el beso pasa a ser protagonista como demuestran las pinturas de Jean-Honoré Fragonard.

Y así, mientras, el absolutismo cortesano tambalea y la revolución industrial pide paso, el beso pasa a ser el ícono de la cortesía al tiempo que recupera su rol como símbolo del amor entre dos personas y como herramienta de estimulación sexual.

Eso sí, nada de escándalos públicos. El beso estaba reservado a la más íntima intimidad y encorsetado en estrictas normas de etiqueta y convivencia.

Será de la mano del romanticismo, en que el beso deja de ser una práctica privada y adquiera importancia estética. Habrá que ver qué relación podremos establecer entre este resurgir del beso y las tisis y tuberculosis de sus devotos como Chopin, Esperonceda y Becquer entre otros. Por suerte, el alemán Robert Koch descubrió el bacilo que lleva su nombre y comenzó a espantar esa desagradable relación causal.

En ese tiempo, prudentes, fisiólogos suecos probaron que para dos personas sanas besarse en la boca durante diez segundos implicaba compartir 350 bacterias una cifra que se multiplicaba por diez si alguno de los protagonistas padecía caries, anginas o bronquitis.

También, y de la mano del redescubrimiento de las tradiciones populares que impulsó el romanticismo, se produce un retorno al beso como elemento mágico y sanador tal como plasmarán en sus obras los hermanos teutones Johann Friedrich Carl y Frédéric-Melchior Grimm o el danés Hans Christian Andersen y se observa con claridad en La bella durmiente o en Blancanieves, obras en las que el beso es la llave que rompe esa metáfora de la muerte que es el hechizo del sueño eterno.

En la pintura y la escultura el sentimiento de amor consagrado en el beso está presente en obras como el Romeo y Julieta de Frank Dicksee y El beso de Francesco Hayez. En la escultura las palmas se las llevan las obras de Auguste Rodin conocidas como El beso una de las cuales –Francesca di Rimini un personaje de la Comedia de Dante- forma parte de la colección de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes.

Para el arte romántico el beso trasciende lo erótico para convertirse en un representamen de una instancia divina, mágica e inigualable que simboliza el amor puro y perfecto, ése que funciona como trama en los ciclos medievales artúricos o en las Cántigas alfonsinas.

En ese marco, el beso será aceptado como ideal pero no practicado en los sectores decentes, sin embargo, la brecha que abre el romanticismo será la herramienta gracias a la cual será aceptado como un elemento dramático de carácter erótico a través de dos canales: el teatro de variedades de finisecular y la literatura de folletín. Mientras la gente de orden lo idealizará con lejanía, el pueblo llano comenzará a ejercerlo a porfía.

El beso llegó al siglo XX para quedarse, lo que nadie sabrá -aún- es la revolución que traerá con él y que será transmitida por medio de un artificio ensamblado en Francia por los hermanos Lumière: el cine. Pero esa es otra parte de la historia.

(Continuará)

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