Apuntes para una historia de los besos (IV) Los besos que hicieron historia (del cine)


Si hubo un vector de viralización del beso romántico, fue el biógrafo. Hasta donde sabemos los primeros llegaron a la pantalla de plata en 1895 gracias a once metros de celuloide en los que durante algo menos de un minuto (47 precisos segundos) la contundente bailarina del Ziegfeld Follies Mary Erwin ofrecía sus recatados labios a los del bigotudo John Rice. Llamada, obviamente, El beso, su realizador no fue otro que el multinventor Thomas Alva Edison quien casi llegó a la incandescencia gracias a la críticas de los diarios neoyorquinos que lo acusaron de lascivo y depravado.

Lo cierto es que los besos establecieron una relación de mutuo interés con la venta de entradas por parte de un público ávido de labios y pieles que formaron parejas míticas cuya promesa no era otra que un intenso primer plano de sus bocas unidas. Rodolfo Valentino y Theda Bara; John Barrymore y Greta Garbo; Clark Gable y Vivien Leigh, y Cary Grant e Ingrid Bergman fueron iconos de esa voracidad labial que llegó al Guinness de los récords en 1940 cuando Regis Toomey y Jane Wyman se besaron durante tres minutos con cinco segundos en una escena de You´re in the army now y lograron así, facturar el beso más largo de la historia del del cine.

En 1940 y bajo la dirección de Víctor Fleming, Clark Gable y Vivian Leigh se besaron a porfía hasta que en la escena final ella pregunta: “¿Qué será de mí?” y para que él la demuela: “Francamente, querida… ¡me importa un carajo!” La película era Lo que el viento se llevó.

Trece años más tarde, cuando el blanco y negro empezaba a ralear, Fred Zinnemann convocó a Burt Lancaster y Deborah Kerr para protagonizar De aquí a la eternidad, la historia de un sargento irresistible y enamorado de la abandonada mujer de su capitán y entre ellos Frank Sinatra, un soldado raso. Una tarde en Hawaii, se funden entre olas y besos a pesar del anillo de la Kerr. Ganó el Oscar a la mejor película.

Un año después, el trío Gene Kelly, Debbie Reynolds – la madre de Carrie Fischer a la que acompañó a la Fuerza en menos de un día- y Donald O’Connor dan sentido a la mejor película musical de todos los tiempos: Cantando bajo la lluvia y la escena final en la que Gene revela que la voz que enamora con su canto es la de Debbie. Final con justicia poética y con un beso demorado pero que llega para lograr que él cante al compás de las gotas que caen. Es que todos nos creemos merecedores del beso que nos haga cantar bajo la lluvia.

Un párrafo aparte para quienes tal vez no cumplan con la definición canónica del beso, pero quién no sintió la atracción de la oscuridad cada vez que Bela Lugosi, Christopher Lee, Klaus Kinski o Gary Oldman se dejaban poseer por Nosferatu para seducir a vírgenes y aldeanas recorriendo sus cuellos en busca de la vida en la muerte.

Y el beso seguía escalando. 1956. Brigitte Bardot y Jean-Louis Trintingnant en Y Dios creó a la mujer, marcaron -tras sortear o padecer todo tipo de censuras- el parámetro del beso a la francesa, un estándar que debería esperar hasta 1995 para ser superado por Kim Basinger y Mickey Rourke en Nueve semanas y media eso sí, ya nadie rezongaba moralidad.

Y así, cada trienio implica una suba del beso. En 1959 llega la canción de hielo y fuego en la que Federico Fellini confronta a Marcello Mastroianni con Anita Ekberg a los que amalgama en la Fontana di Trevi para hacer que el corazón de Roma acompase sus latidos con la intensidad de la pareja protagónica.

De ese modo, en 1963 y en la que fue hasta ese momento la película más cara de la historia, Richard Burton y Elizabeth Taylor vivieron en los estudios de la Universal un amor tan intenso como imaginamos el que deben haber protagonizado los verdaderos Marco Antonio y Cleopatra.

Viajamos a la Francia de 1972 cuando Marlon Brando y María Schneider bajo la mirada de Bernardo Bertolucci y al compás del Último tango en París consumaron la mayor provocación del cine hasta ese momento, y cuando el erotismo lograba romper el límite del beso.

Ese mismo año, el beso también dejará de tener el amor como significado exclusivo cuando Francis Ford Coppola haga en El Padrino II que Al Pacino en el rol de Michael Corleone descubra que su hermano Freddo -interpretado por John Cazale- traicionó a la familia. Desolado y enfurecido, besa al traidor en una reescritura de el Iscariote y el Hijo del Hombre y le grita: “¡Me rompiste el corazón!” Tras el beso y la confesión y un día, no tan lejano, Freddo no volverá de una excursión de pesca.

Más acá, y aunque el beso ya no protagonice no deja de tener relevancia; fue así que el beso francés inspiró en 1995 la realización de una comedia homónima dirigida por Lawrence Kasdan y con la actuación de Meg Ryan, Kevin Kline, Timothy Hutton y Jean Reno. Mientras que ese mismo año Kim Bassinger y Mickey Rourke provocaban tras las cortinas en Nueve semanas y media.

Dos años después, en 1997, James Cameron nos cuenta la tragedia del Titanic desde la mirada del amor imposible y redentor que surgirá entre Rose y Jack, es decir Kate Winslet y Leonardo di Caprio, que protagonizarán dos de los besos más recordados de la historia del cine: el primero en la proa del crucero con el viento alimentado salado su deseo y acariciado sus pieles y el otro, el trágico, con ellos naufragando gélidos; ella aferrada a una tabla y él casi cadáver. Se besarán por última vez, él descenderá a las profundidades de la mar y ella se elevará a la memoria del amor a fuerza de vivir vida.

Y ya entrando en este siglo, en 2001, hay un beso que si bien no lo es, lo es por tres. En Amélie cuando ella, Audrey Tautou, recibe a Nino, Mathieu Kassovitz, no con el beso cinematográfico sino con sus labios en la voz, la sangre y la mirada. Es decir, la comisura de los labios, el cuello y el párpado pincelando un beso tan personal como íntimo.

Besos diversos, pero premiados

1914 no fue sólo el año en que el mundo conoció el horror de las guerras mundiales sino que, también, se estrenó A Florida Enchantment, una película muda estadounidense dirigida y protagonizada por Sidney Drew. Su argumento era sencillo: la protagonista, gracias a unas semillas mágicas, se convierte en hombre tras lo cual besa a una mujer. Pese a las trampas, es considerado el primer beso lésbico que llegó al celuloide. Y no sólo eso, el prometido de la convertida Lilian Travers también ingiere las semillas que lo transforman en una suerte de andrógino. Lesbianismo y bisexualidad de la mano en una misma película.

En 1927, William Wellman dirigirá Wings, una historia ambientada en la Primera Guerra Mundial sobre dos jóvenes pilotos estadounidenses que combatían en los cielos de Francia.

Con un presupuesto de más de dos millones de dólares, el concurso de 300 pilotos y más de 3500 soldados marcó el canon de las películas sobre los ‘caballeros del aire’ y una de las primeras en mostrar desnudos, como, por ejemplo los de reclutas durante sus exámenes médicos y los pechos de Clara Bow, la estrella del momento, durante un cambio de ropa.

Pero lo que nos interesa es que Wings fue, tal vez, una de las primeras películas en mostrar hombres besándose. Los besos ceremoniales en el cuello por parte de un general francés cuando los condecora y el prolongado beso entre los protagonistas: Charles ‘Buddy’ Rogers, interpretado por Jack Powell, y Richard Arlen, encarnado por David Armstrong. Si bien no fue un beso estrictamente romántico o deseante, revelaba el la desesperación entre dos amigos a punto de separarse a causa de la muerte. Wings fue la primera producción en ganar el Oscar a la Mejor película y en ella hizo su primer aparición un tal Gary Cooper.

El premio de la Academia de Hollywood siempre le fue esquivo a Marlene Dietrich quien sólo obtuvo una nominación. La película fue Marruecos y el año 1930. Dirigida por Josef von Sternberg y con Gary Cooper, Marlene Dietrich y Adolphe Menjou cuenta la relación triangular durante las guerras en el Maghreb entre Cooper, un legionario francés; Dietrich, una artista de burlesque y Menjou, su mecenas.

Durante la historia, Marlene Dietrich aparece en una actuación vestida de frac durante su actuación, besa con descaro a una mujer del público y arroja desafiante una flor a Cooper, quien, sumiso, adorna su oreja con ella.

De retorno a nuestros tiempos, 2005 fue el año del estreno de Secreto en la montaña donde Ennis del Mar (Heath Ledger) y Jake Twist (Jake Gyllenhaal) son dos dos recios cowboys se dedican a besarse apasionadamente en un historia tan intensa como sin futuro.

No podemos dejar esta recorrida por los besos diversos si mentar al clásico francés de 2013: La vida de Adèle una realización de Abdellatif Kechiche protagonizada por Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux que cuenta la historia de una adolescente en cuyo camino se cruza una pintora de pelo azul entra en su vida. La película recorrerá la vida de ambas desde esos años de incertidumbre hasta la aparentemente responsable madurez en una trama regada de momentos de pasión, ternura y lujuria.

Una escena de besos sin beso

Tal vez estas letras se vuelven innecesarias si podemos ver la sucesión de besos que propone la maravillosa escena final de Cinema Paradiso una película de 1988 dirigida por Giuseppe Tornatori. Allí, un desolado Salvatore encarnado por Jacques Perrin recupera la magia del cine y la vida gracias a los besos que a veinte cuadros por segundo le lega su amigo Alfredo interpretado por Philippe Noiret. Besos censurados, recortados y recuperados en nombre de la amistad. Es que todos sabemos que esos besos que en la pantalla de plata conmueven y estremecen, en la vida terrestre sanan y elevan.

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