Este 1 de julio se cumplen 52 años de la muerte de Juan Domingo Perón. Más de medio siglo
después, su figura continúa ocupando un lugar central en la historia política argentina y en el
debate público contemporáneo. No se trata solo de un líder del pasado, sino de un actor
decisivo para comprender las tensiones, las continuidades y las fracturas que atraviesan a la
Argentina actual.
Perón fue el conductor del movimiento popular más influyente del siglo XX en el país. Su
llegada al poder en 1946 inauguró una etapa de profundas transformaciones sociales, políticas
y económicas que modificaron de manera estructural la relación entre el Estado y los
trabajadores. Derechos laborales, seguridad social, ampliación de la ciudadanía y una
concepción del Estado como garante de justicia social constituyeron los pilares de un proyecto
que dejó una huella indeleble.
Su trayectoria, sin embargo, no estuvo exenta de contradicciones ni de conflictos. Formado en
una época en la que la institucionalidad democrática no tenía la centralidad que hoy se le exige,
participó como militar en golpes de Estado y, ya como presidente, enfrentó reiterados intentos
de derrocamiento. En 1955 fue desplazado del poder por un golpe cívico-militar que inauguró
una etapa de persecución política y proscripción inédita, destinada no solo a excluirlo, sino a
borrar su legado de la vida pública.
Lejos de lograrlo, el exilio prolongado consolidó su gravitación política. Durante dieciocho años,
Perón siguió siendo el conductor indiscutido del movimiento que había fundado. Su regreso en
1973 respondió a la convicción de que la Argentina necesitaba cerrar heridas, ordenar
intereses contrapuestos y recuperar la convivencia democrática. El llamado a la unidad
nacional, sintetizado en la consigna “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”,
y simbolizado en el abrazo con Ricardo Balbín, expresó ese intento de reconciliación histórica.
La muerte lo sorprendió en el ejercicio de la presidencia, en un país atravesado por la violencia
política y la confrontación interna. El tiempo y las circunstancias no le permitieron consolidar el
proyecto de pacificación y acuerdo social que había imaginado para la última etapa de su vida
pública.
Hoy, a 52 años de su partida, la pregunta relevante no es si la Argentina debe “volver” a Perón,
sino si su dirigencia política —peronista y no peronista— está en condiciones de recuperar
aquello que hizo posible su liderazgo: la capacidad de interpretar a la sociedad real, de articular
intereses diversos y de pensar el país como un proyecto colectivo y no como un botín
circunstancial.
Cuando la política se limita a administrar el conflicto permanente o se reduce al cálculo
inmediato, la Nación se fragmenta y el pueblo queda a la intemperie. Como advertía Raúl
Scalabrini Ortiz, los países no fracasan por falta de recursos, sino cuando dejan de pensarse a
sí mismos como comunidad organizada. En ese interrogante —más que en la nostalgia—
reside la vigencia de Perón en este nuevo aniversario