Los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en su libro Cómo mueren las democracias, analizan cómo las democracias contemporáneas pueden deteriorarse no necesariamente mediante golpes de Estado militares repentinos, sino a través de una erosión gradual y silenciosa desde adentro de las propias instituciones.
A partir de esa mirada, vale la pena hacerse una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿cómo mueren las democracias hoy?
Ya no necesariamente mueren con un golpe de Estado, militares en las calles o tanques frente a la Casa de Gobierno. Muchas veces mueren de otra manera: a través de un proceso lento de deterioro institucional que comienza desde adentro.
Esa erosión puede comenzar con líderes que llegan al poder de manera absolutamente legítima, elegidos por el voto popular. El problema aparece cuando, una vez en el gobierno, en lugar de fortalecer las instituciones, comienzan a debilitarlas, a cuestionar sus límites y a descalificar a quienes ejercen controles.
Uno de los primeros síntomas suele aparecer en el lenguaje.
El insulto como herramienta política nunca es inocente. Cuando desde el poder se agrede de manera permanente a periodistas que preguntan, a opositores que piensan diferente o a empresarios que no se alinean con el discurso oficial, se instala una lógica peligrosa: quien no aplaude, se convierte en enemigo.
Y cuando el insulto y la descalificación bajan desde lo más alto del poder, también se habilita una sociedad más intolerante. Se deteriora el respeto por el otro y se rompe, poco a poco, uno de los pactos esenciales de toda democracia: aceptar que quien piensa distinto no es un enemigo, sino parte de la misma comunidad.
Después, la erosión puede avanzar sobre las instituciones.
Si la Justicia dicta una sentencia que incomoda al poder, se la acusa de estar comprada. Si el Congreso no acompaña una iniciativa del Ejecutivo, se cuestiona su legitimidad. Si un medio de comunicación critica al Gobierno, se lo acusa de mentir o de formar parte de una conspiración.
Así, los controles dejan de ser vistos como una garantía democrática y comienzan a presentarse como obstáculos.
Pero una democracia no consiste solamente en votar cada determinado tiempo.
Democracia también significa respetar las instituciones, aceptar los límites del poder, garantizar la libertad de expresión, tolerar al adversario y comprender que ninguna mayoría tiene derecho a eliminar las reglas que protegen a las minorías.
La democracia no suele quebrarse de un día para otro. Se va vaciando de a poco. Primero se naturaliza el insulto. Después, la descalificación. Luego, el desprecio por las instituciones. Y finalmente puede quedar apenas la cáscara: se vota, pero ya no se escucha; se gobierna, pero ya no se tolera; se discute, pero ya no se puede convivir.
Por eso es tan peligroso naturalizar el insulto como una forma legítima de hacer política.
Porque las democracias no se defienden solamente el día de las elecciones. Se defienden todos los días: respetando al que piensa diferente, aceptando los límites del poder y cuidando las instituciones que pertenecen a todos.
Y cuando una sociedad deja de defender esas reglas, la democracia puede seguir teniendo elecciones, pero empieza a perder aquello que le da verdadero sentido: la libertad, el pluralismo, el respeto y la convivencia.