Las palabras y la pandemia

Sólo podemos expresarnos mediante palabras. Su presencia o ausencia nos determinan y dan sentido, una búsqueda vital en tiempos de incertidumbre.

Un informe de la Real Academia Española (RAE) revela que su diccionario en línea recibió desde el inicio de la pandemia más de cien millones de consultas contras los 65 millones de accesos de enero y los 84 millones de marzo. 

¿Las palabras más buscadas?: cuarentena, pandemia y confinamiento

Es que en tiempos de confusión y preguntas, el diccionario deja de ser ese “repertorio en forma de libro o en soporte electrónico en el que se recogen, según un orden determinado, las palabras o expresiones de una o más lenguas, o de una materia concreta, acompañadas de su definición, equivalencia o explicación”, tal como lo misma academia lo define, para convertirse en un primer mojón de certeza y sentido a la hora de buscar respuestas en medio de la incertidumbre.

En el resto del ranking sigue toda una familia de palabras relacionada con la COVID-19 y la crisis global que desató: estado, virus, epidemia, confinar, velar, contingencia, diezmar, cuidar, concienciar, barbijo, sesgar, confinado, escalar, mediar, paro, tapaboca, inocuo, robot, resiliencia, unir, echar, data….

Pero no sólo hay sustantivos, los verbos como errar, callar, prever, casar, rebelar, querer, procrastinar, pasar, hartar, huir, partir, ajar, deber, corregir, andar, jugar, amar, abrir, salir, escalar, trabajar o redimir cuentan acerca de las acciones que intrigan a los buscadores de sentido, mientras que los adjetivos soberbio, inefable, harto, mezquino, ortodoxo, inocuo o vano son otras de las opciones buscadas.

Plenario virutal de la RAE

Un mes antes las palabras más buscadas en el diccionario en busca de nuevos sentidos para nuevas realidades fueron otras como: confinado, morgue, moratoria, médico, inocuo, remitir, solidaridad, esperanza, altruismo o resistir.

Pero no todas las búsquedas tienen su respuesta: desescalada, desescalar, coronavirus, sanitizar, videollamada, nasobuco o cuarentenar o covid aún no están incluidas en el Diccionario de la Lengua Española aunque el nuevo director de la RAE, el jurista Santiago Muñoz Machado, adelantó que se el término coronavirus ya fue propuesto para su estudio y posterior incorporación en el canon de idioma.

La Real Academia: de la norma a la ternura

Con una celeridad pocas veces vista y tras una sesión remota presidida por los reyes de España, Felipe VI y Letizia, los académicos nos aconsejan hablar de la COVID-19 -en mayúsculas y femenino- pues es un “acrónimo de reciente creación, aún no lexicalizado”, aunque si llegara a convertirse en el nombre común de la enfermedad, debería escribirse en minúsculas. El femenino se debe a que responde al “sustantivo tácito enfermedad”, aunque admite que su uso más frecuente es masculino “por influencia del género de coronavirus y del de otras enfermedades víricas que toman por metonimia el nombre del virus que las causa”.

También descartan que hablar de ‘pandemia global’ sea una redundancia pues se “recalca o determina la magnitud de la extensión de la enfermedad”.

Asimismo, precisaron que coronavirus se escribe en una sola palabra y con minúscula inicial si se usa como el nombre común del virus o, por metonimia, de la enfermedad, mientras que indicaron que es un término invariable lo que implica que su plural será “los coronavirus.”

El trabajo de los académicos que cada jueves se reúnen por videoconferencia -un término que tampoco figura en su diccionario que sí reconoce teleconferencia– no acaba aquí. Aún deben seleccionar qué verbo es más adecuado entre cuarentenar, cuarentenear y encuarentenar, o entre desescalar y desescalada.

Ecuménicos, también trabajarán sobre palabras ya registradas en el diccionario y con sus variantes americanas como confinar y confinamiento; mascarilla y sus equivalentes de esta lado de la mar como tapaboca, barbijo y nasobuco.

Pero no todo es normativa lexical, la RAE abrió un espacio para la ternura y a través de las redes lanzó la iniciativa Que las letras te acompañen desde la cual compartió en riguroso orden alfabético palabras que reconfortan y exhiban la riqueza y alcance de la lengua de Cervantes entre las que se destacaron apapachar (abrazar), brezar (acunar), dingolondangos (mimos), el isidoresco francachela, karaoke, el previsible médico, la colombiana ñía (amigo), o el ahora imprescindible wifi.

Neologismos 2.0

Las redes fueron cuna de otro fenómeno: los neologismos. Algunos con intención de meme y otros surgidos ante la falta de un término que pudiera describir una situación o una sensación de forma adecuada. Así pudimos leer: coronacrisis, macrivirus, aplausazo, cuarentenear, coronials o cuarentenial (la generación que está naciendo). 

Otras versiones fueron coronaburro, cuarenpena, y llamar al confinamiento, confitamiento en homenaje irónico a la previsible ganancia de peso que la sobra de calorías y la falta de ejercicio traerán. Para los engorrados que insultan a quienes circulan por la calle aunque no sepan por qué, se les puede dedicar el neologismo balconazis.

También aparecieron términos como infodemia y desinfodemia, versiones castellanizadas de las inglesas infodemic y desifodemic: la globalización no respeta cuarentenas, y para ratificarlo aparecen covidiota  (covidiot) y algunas expresiones que se filtran en el lenguaje de estas tierras como la gripezinha, del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, o el ‘Chinese Virus’ del inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump.

De indudable origen criollo: el covidengue, la peor pesadilla de nuestros sanitaristas. 

De la infectología al recuerdo de la muerte

También pareciera ser de autoría local el neologismo infectocracia que permite inferir el gobierno de los infectólogos por sobre el de los representantes elegidos en elecciones. Más allá de conspiranoias -otro neologismo que volvió- la pandemia hizo habitual que nuestros medios hablen de casos (que pueden ser confirmados o sospechosos), de curva epidémica, amesetamiento de curvas, curvas descendentes, vigilancia e información epidemiológica, factores y grupos de riesgo, u oxímorones como distanciamiento social obligatorio, una suerte de primo del aislamiento social preventivo obligatorio y del aislamiento sanitario términos tan importantes que hasta tienen un decreto de necesidad y urgencia cuya sigla -DNU- fue citada hasta la saciedad.

Un poco más atrás, llegan del léxico médico otras palabras y términos como tasa de morbilidad, tasa de mortalidad, prevalencia, incidencia y letalidad,  mientras que las matemáticas no hablan del algoritmo, con la que se calculan y vaticinan picos que no terminan de llegar y tasas de duplicación que se empeñan en acelerarse.

Área Metropolitana o AMBA, una redefinición de nuestro atlas, llega desde la telefonía, trabajadores esenciales, permiso de circulación, cercanía son términos con algunas reminiscencias horrendas de campo de concentración – también vuelve ghetto y aislamiento de barrios– o de futuro en clave posapocalíptica como ‘nueva normalidad’ o postpandemia.

Uno de los pocos que podrá pasar con ganancia esta pandemia -más allá de laboratorios, especuladores y agiotistas entre el ecléctico elenco de nuestros malvados- es Poncio Pilato, prefecto de Judea, cuyo desentendido lavado de manos hizo efectiva la condena del  galileo a la crucifixión (dejemos de lado las especulaciones acerca del plan de D’s y el libre albedrío). Gracias a la COVID-19, el lavado de manos pasará a ser garantía de salud pública, civismo y solidaria urbanidad.