Ayacucho, el rincón de los muertos

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9 de diciembre de 1824

En la peruana pampa de Quinua, se cruzan por primera y última vez las espadas y bayonetas de casi todas las naciones implicadas en la lucha por la autodeterminación de las patrias sudamericanas y por el régimen que gobernaría las Españas. El sitio era conocido como el Ayacucho, el rincón de los muertos.

La victoria independentista de Ayacucho tiene su punto de partida cuatro años antes, el 1 de enero de 1820, cuando el coronel asturiano Rafael de Riego al frente de las tropas acantonadas en la sevillana Cabezas de San Juan se pronuncia en favor de la Constitución de 1812 derogada por Fernando VII y apresa al general en jefe del ejército expedicionario de 20 mil hombres destinado a sofocar la revolución hispanoamericana, Enrique José O’Donnell y Anhetan, conde de la Bisbal.

El pronunciamiento derivó en revolución y el felón Fernando restituyó la vieja constitución gaditana, la Pepa, “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, mintió el Borbón, una vez más​. El nuevo imperio de la carta magna de 1812

Simón Bolívar

“La revolución de 1820 fue un triunfo, en primer lugar, de las apetencias personales de algunos jefes militares; luego, de las sociedades secretas que les apoyaban; también del oro americano, hecho circular oportunamente por emisarios argentinos para disgregar la fuerza del cuerpo de ejército expedicionario (…); triunfo, en último extremo, aunque quizá el más ponderado, de la libertad”, apuntó el historiador catalán Jaume Vicens Vives ante el pronunciamiento que acabó con las expediciones españolas que entre 1814 y 1818 llevaron 45 mil soldados a las costas americanas.

De este lado del mundo, el otrora poderoso reyno del Perú era la arena de las disputas entre sectores que no lograban saldar disputas y consolidar una hegemonía. El virrey Joaquín de la Pezuela, marqués de Viluma y vencedor de Sipe-Sipe, perdía el crédito de sus viejas victorias tras la derrota de la expedición de Mariano Osorio a Chile y por la expedición de José de San Martín que supo atizar las contradicciones internas de la política limeña.

Así las cosas, el 29 de enero de 1821, el absolutista marqués de Viluma, fue reemplazado en el cargo de virrey por el general liberal José de la Serna y Martínez de Hinojosa, primer conde de los Andes, tras el golpe militar de Aznapuquio. Lo primero que hizo La Serna fue proclamar su adhesión a la constitución liberal española.

El caos en el bando realista, animó a los independentistas a mover ficha por lo cual iniciaron una campaña militar con base en el cerro de Pasco que, pese a los prometedores auspicios, sólo cosechó derrotas como la de Ica al mando de los patriotas Domingo Tristán y Agustín Gamarra o el aplastamiento de la expedición de Rudecindo Alvarado a Torata y Moquegua realizadas tras la partida de San Martín quien el 22 de septiembre de 1822 se había embarcado en el puerto de Ancón rumbo a Valparaíso al fracasar la posibilidad explorada en Guayaquil de llegar a un acuerdo con Simón Bolívar..

En 1823 el ejército independentista comandado por Andrés de Santa Cruz y Agustín Gamarra fue aplastado en Puno en una campaña que había comenzado con la victoria patriota en Zepita lo que le abrió las puertas de La Paz y Oruro. En una respuesta relámpago, La Serna desbandó a las tropas de Santa Cruz y recuperó Arequipa tras derrotar a Antonio José de Sucre, quien debió retirar a las tropas colombianas en octubre de 1823.

Derrotados en el campo de batalla, la arena política no era mucho más favorable. Los dos breves presidentes del breve Perú independiente, José de la Riva Agüero y José Bernardo de Tagle, se acusaron mutuamente de traición, instalaron congresos propios hasta que Riva Agüero fue desterrado a Chile. Mientras tanto Torre Tagle oscilaba entre los realistas y Bolívar quien, finalmente, lo declaró traidor y lo persiguió por lo cual Tagle consideró prudente refugiarse en la realista y sitiada fortaleza del Callao.

Atascado, Bolívar solicitaba refuerzos a una Colombia que cada vez veía con más preocupación su sangría de brazos, mientras que los realistas sabían que cada día su causa perdía fuerza: “Sin comunicaciones directas con la Península, con las más melancólicas noticias del estado de la metrópoli… y reducido por lo tanto a sus propios y exclusivos recursos pero confiando notablemente en la decisión, en la unión, en la lealtad y en la fortuna de sus subordinados, [La Serna] aceleraba también la reorganización de sus tropas y se aprestaba a la lucha que miraba próxima con el coloso de Costa-firme. Un triunfo más para las armas españolas en aquella situación, haría ondear de nuevo el pabellón castellano con inmarcesible gloria hasta el mismo Ecuador; pero otra suerte muy distinta estaba ya irrevocablemente escrita en los libros del destino.”, apuntaba el general realista Andrés García Camba.​

Todos necesitaban que la guerra terminara.

1824

No todo era Lima, Bogotá o Madrid. En la lejana y desinteresada Buenos Aires, el inquieto Bernardino Rivadavia pacta, el 4 de julio de 1823, con los comisionados españoles la Convención Preliminar de Paz por la cual Buenos Aires se comprometía a mandar plenipotenciarios ante sus pares de Sudamérica para pactar un cese generalizado de la contienda. Una vez ratificado el acuerdo, las partes se darían una tregua de 18 meses hasta la consolidación de un tratado definitivo de paz y amistad.

En ese marco se reunieron Salta el general Juan Gregorio de Las Heras, guerrero de las campañas de Chile y Perú, con su par, el brigadier Baldomero Espartero, futuro protagonista central de la política española, pero no alcanzaron ningún acuerdo.

Los realistas, que no recibían instrucciones directas de la corona desde hacía tres años, contaban entre sus filas con Pedro Antonio de Olañeta Marquiegui, un general tan vasco como absolutista que se oponía a todo tipo de acuerdo por lo cual el virrey advirtió que “no debe disponer ninguna expedición en dirección alguna sobre las provincias de abajo sin expresa orden mía pues además de que en Salta están reunidos para tratar de negociar, el General Las Heras por parte del Gobierno de Buenos Aires y el Brigadier Espartero por la de este superior Gobierno (…)”​

General William Miller

Especularmente, Rivadavia dejó de auxiliar a los salteños en sus intentos de hacer pie en el Alto Perú, al retirar las tropas porteñas y negar todo tipo de auxilios. Al cesar esta presión, el virrey peruano conseguía un alivio tal que el historiador Daniel Florencio O’Leary sostuvo que “Buenos Aires se ha retirado implícitamente de la contienda… al pactar con los españoles, con perjuicio de la causa americana”.​

Con Bolívar gravemente enfermo en las afueras de Lima, llega a la capital peruana el plenipotenciario porteño, Félix Álzaga, para convencer a los patriotas de las bondades del armisticio pero su gestión fue repudiada por el congreso independentista.

En medio del caos, en febrero de 1824 se sublevó el Callao. Allí convergían la infantería argentina, con soldados chilenos, peruanos y colombianos. Lo que comenzó como un motín terminó en un pase al enemigo: 2000 veteranos que enarbolaron la rojigualda española y entregaron las fortalezas y castillos del puerto que era la llave del reyno del Perú.

Unos días después, se sublevaron los granaderos a caballo de los Andes quienes cabalgaron para unirse al resto de los amotinados, pero al saber del pase al bando realista, las mayoría decidieron reunirse con Bolívar quien dispuso su reorganización al mando del general Mariano Necochea por orden de Simón Bolívar.

La sublevación desembocó en la retirada independentista de Lima que fue ocupada por el general César José de Canterac Orlic y Donesan, el vencedor de Moquegua.

“La verdad sea dicha. Si Ud. no me manda 3.000 hombres con 1.000 llaneros, armas y municiones, crea Usted que Canterac conquista a Colombia; Canterac es un gran militar y tiene 10 o 12 subalternos admirables. Ha peleado con La Serna por la operación sobre Lima y probablemente no puede volver al Alto Perú porque su cálculo le ha salido errado. Por consiguiente él dilatará el teatro de sus operaciones al norte, así como nosotros al sur”, advertía y suplicaba Bolívar a su vicepresidente Francisco de Paula Santander, quien al ver al Libertador lejano y enfermo también diseñaba un juego propio al punto tal que los refuerzos llegarían tras la batalla.​

José de Sucre

La caída de Lima, el sitio de El Callao, la consolidación de las posiciones españolas en Chiloé, sumado al dominio realista sobre la sierra y el Alto Perú, las tensiones en la gran Colombia y los conflictos de Buenos Aires con los federales y con el Brasil pintaban un panorama desolador.​

Pero del otro lado de la mar también pasaban cosas y así Fernando VII de España con ayuda de su pariente Luis XVIII de Francia recupera el poder gracias a la invasión de los Cien mIl hijos de San Luis que atravesaron los Pirineos y lo sostuvieron en el trono hasta 1830. El liberal Riego sería ahorcado el 7 de noviembre de 1823 y la purga de constitucionalistas ajustició, encarceló y exilió de España a miles de ciudadanos.

No conforme, El deseado, Fernando pretendió anular el Trienio Liberal, mediante la abolición de todo lo aprobado durante ese período, entre lo cual caía en la bolsa el nombramiento de La Serna como virrey del Perú.

Era la señal de largada para los absolutistas de América.

En especial para un simio idiota como Olañeta que al enterarse de la restauración sublevó a todo el ejército realista del Alto Perú y empezó a maniobrar contra los constitucionales que respondían a ​ La Serna quien debío cambiar su plan de batir a Bolívar en la costa para enviar a Jerónimo Valdés con 5000 veteranos hacia el Potosí para ahogar la rebelión.

Tras cuatro batallas en las que liberales y absolutistas sólo habían logrado consumirse mutuamente.

De ese modo, Bolívar no tardó en ponerse en contacto con su nuevo mejor amigo: Olañeta, a quien alentó a fuerza de medias palabras con quimeras de un Alto Perú libre y con él al frente , para lo cual lo instaba a fijar a las tropas limeñas para poder desarticular el sistema defensivo realista y aislar a Canterac al que batió el 6 de agosto de 1824 en Junín, una batalla en la que solo actuaron lanzas y espadas.

Tras la victoria, comenzó la persecución a los realistas en retirada que buscaban alcanzar el Apurimac para hacerse fuertes en Cusco. Lo que los generales ignoraban, las tropas lo sabían de sobra y comenzaron las deserciones en masa: más de 2.700 realistas se pasaron a las fuerzas patriotas.

El 7 de octubre de 1824, a las puertas de la capital de los incas Bolívar traspasaría el mando al general Antonio José de Sucre y retornó a Lima. Necesitaba dinero y recibir a los demorados colombianos de Santander.​

“Es preciso tener una extraordinaria circunspección y sumo tino en las operaciones para no librar la batalla… sin tener una absoluta seguridad de un suceso victorioso… Hay que tener en cuenta que el Genio de San Martín nos hace falta y sólo ahora comprendo por qué se dio el paso, para no entorpecer la libertad que con tanto sacrificio había conseguido para tres pueblos… Esa lección de táctica y de prudencia que nos ha legado este gran General no la deje de tomar en cuenta para conseguir la victoria”, aconseja Bolívar a Sucre.

Ayacucho

La disolución del ejército de Canterac hizo que La Serna le ordene a Jerónimo Valdés dejar el Potosí y que se dirija al Cusco a marchas forzadas donde el virrey remontaba sus tropas mediante levas masivas de campesinos cuya falta de instrucción militar lo hicieron desistir de un asalto a la ciudad pese a su manifiesta fidelidad al rey.

Jugando en terreno conocido, La Serna prefirió aislar a Sucre de sus bases de operaciones, cortar sus comunicaciones con Bolívar y desgastarlo mediante marchas y contramarchas en busca de una ocasión para aniquilarlo. Casi lo logra en Corpahuaico -también llamada Matará- cuando a costa de 30 hombres le infringieron al ejército libertador más de medio millar de bajas y lo despojaron de gran parte de su artillería y municiones.

Sin embargo, el nacido en Cumaná no cayó en la desesperación y mantuvo cohesionada su tropa a la que supo mantener cohesionado y acantonado en posiciones seguras lo cual no era extraño pues el ejército libertador contaba, como asegura el general inglés Guillermo Miller, que con apenas 30 años había peleado en la guerra anglo estadounidense y contra Napoleón, en sus Memorias, con “la experiencia militar del siglo” pues convivían tropas británicas, veteranos de las independencias española, norteamericana y sudamericana, y veteranos alemanes y franceses de las guerras napoleónicas.

Ambos estados mayores sabían que esta situación no podía durar indefinidamente consumiendo sus recursos sin lograr romper la situación y afectados cada vez más por la dureza del clima andino, la deserción y las enfermedades que raleaban constantemente sus filas y que los obligaba a rellenar sus huecos con levas masivas que introducían el germen de nuevos problemas y deterioraban la calidad de combate.

Rafael de Riego, el sublevado.

Posicionados en lo alto del cerro Condorcunca, los realistas se vieron en una disyuntiva: atacar antes de que se le acabasen las vituallas y los patriotas recibieran refuerzos, o seguir en retirada permanente hasta que su ejército se desintegre.

“Era muy opuesto el Virrey a enviar partidas en busca de ganado, porque en tales ocasiones era segura la deserción… en cualquier punto donde hacían alto los cuerpos acampaban en columna y ponían alrededor un círculo de centinelas de los soldados de más confianza , además de estos centinelas un gran número de oficiales estaban siempre de servicio y ningún soldado podía salir de la línea de ellas con cualquier pretexto que fuese”, relata Miller,

Mientras que Valdez precisa que las bajas realistas siempre fueron cubiertas “con indios tomados a la fuerza y embebidos en los cuadros sin instrucción y disciplina, y a quienes era preciso campar en cuadro o en columna con los oficiales y sargentos a los extremos…los enemigos, bien cerciorados de este estado, no temían nada por la noche, cuando ellos podían maniobrar y moverse libremente, mientras que los soldados del Rey vivían encerrados en cuadros formados por europeos, especialmente de noche”

La suerte de la América se dirimiría en Ayacucho, una pampa cerquita a Cuzco de un kilómetro y medio de largo y 800 metros de ancho conocida como “el rincón de los muertos”, donde los primeros habitantes habían dejado sus osamentas en sus guerras contra el invasor inca.

No sabemos con precisión cuántos hombres pelearon en el rincón de los muertos, el parte de Sucre se basa en los registros españoles que contabilizaban la cantidad de efectivos que habían salido de Cuzco al inicio de la campaña. Las diversas fuentes nos permiten estimar que al inicio de la campaña del Apurimac los realistas contaban con alrededor de 9300 hombres frente a 8500 patriotas y que a la hora de batalla, los partidarios del rey arañaban los 7000 efectivos entre los cuales hay que contar alrededor de 1000 jinetes que enfrentarían a algo menos de 6000 patriotas de los cuales 3.500 eran colombianos, venezolanos y ecuatorianos, y 1.200, peruanos, algo menos de un millar, chilenos y alrededor de un centenar de argentinos.

Pío Tristán

Sin embargo, gran cantidad de jefes eran del Plata: José de Olavarría, Juan Isidro Quesada, José María Plaza, Eustaquio Frías, Juan Pedernera, Francisco Aldao, Román Deheza, Juan Pringles y Cecilio Lucero que comandaban unidades compuestas por peruanos. Al frente de los Húsares de Junín estaba el coronel Manuel Isidoro Suárez y del Regimiento de Granaderos a Caballo de Buenos Aires, el coronel Alejo Bruix, comandante de los últimos ochenta, aquellos cuatro mil que cruzaron los Andes con San Martín.

Enfrente, catorce generales españoles y un virrey, quien, por primera vez en la historia, se ponía a la cabeza de tropas combatientes, comandaban las fuerzas realistas..

Semejante asamblea de rangos hizo que Ayacucho fuera llamada también la batalla de los generales.

Pese a que suele postularse como una contienda entre americanos y españoles, la cantidad de peninsulares que combatieron en “desde el virrey al último corneta”, oscila entre los 900 que cita el capitán Bernardo F. Escudero y Reguera y los 751 prisioneros registrados en el parte de Sucre.

El 9 de diciembre a las 8 de la mañana, el realista Juan Antonio Monet se llegó a las filas patriotas donde conferenció con el general Córdoba: “En nuestro ejército como en el de ustedes, hay jefes y oficiales ligados por vínculos de familia o de amistad ¿sería posible que antes de rompernos la crisma, conversasen y se diesen un abrazo?”

Tras la autorización de Sucre, más de cien oficiales de ambos ejércitos se reunieron en un sector neutral del campo previo a la batalla.

El plan de Canterac preveía que la división de Valdés rodease y fijase al ala izquierda de Sucre, mientras que el resto de sus fuerzas cargaba contra el grueso de los patriotas desde el cerro Condorcunca en tanto los batallones Gerona y Fernando VII quedaban en reserva. Un plan simple y eficaz con un sólo defecto: al ejecutarse desde la ladera de un cerro los movimientos quedaban a la vista de todos, entre ellos, Sucre.

“Nuestra linea formaba un ángulo; la derecha, compuesta de los batallones Bogotá, Boltijeros, Pichincha y Caracas, de la primera division de Colombia, al mando del señor general Córdova. La izquierda de los batallones 1.° 2.° 3.° y legion peruana, con los húsares de Junin, bajo el ilustrisimo señor general La Mar. Al centro, los granaderos y húsares de Colombia, con el señor general Miller; y en reserva los batallones Rifles, Vencedor y Bargas, de la primera division de Colombia, al mando del señor general Lara”, precisa el parte de batalla firmado por Sucre.

Fernando VII

La batalla se inicia cuando el coronel español Joaquín Rubín de Celis, que mandaba el regimiento I del Cuzco, a cargo de proteger el emplazamiento de la artillería, que aún se encontraba despiezada y cargada en sus mulas, “se arrojó solo y del modo más temerario al ataque.

“Soldados, de frente, armas a discreción, a paso de vencedores”, arengó el general antioqueño José María Córdova a sus hombres y lanzó un contraataque que evitó el emplazamiento de la artillería, acabó con Rubín de Celis y obligó a retroceder a las avanzadas de Villalobos.

Ese contraataque eficazmente apoyado por la caballería de Miller, impidió que la masa realista que descendía desde la ladera pudiera entrar en formación.

Al percatarse del desastre de la izquierda, Monet, se lanzó sobre Córdova pero fue rodeado y herido mientras que tres de sus jefes cayeron en batalla. Al retirarse, arrastraron a las masas de reclutas bisoños, mientras que la caballería realista al mando de Valentín Ferraz que intentaba cargar contra los patriotas era diezmada por la fusilería de los patriotas y debió volver grupas y retirarse.

Al otro lado del campo, las tropas del peruano La Mar y del venezolano Jacinto Lara ahogaron el ataque de los veteranos de Valdés al que detuvieron y luego, reforzadas con Húsares de Junín y luego los Granaderos a caballo dirigidos por Miller, obligaron a retroceder a los realistas

La batalla estaba perdida antes de empezar en gran medida por la arremetida de los escuadrones de caballería de Húsares de Junín, al mando del teniente coronel Manuel Isidoro Suárez- el bisabuelo del escritor Jorge Luis Borges- , y de los granaderos comandados por los coroneles Félix Bogado y Alejo Bruix.

“Recordaron su nombre para brillar con su valor especial”, destacó Sucre en la parte de la victoria y Miller puso de relieve que veinticinco de ellos que carecían de caballos tomaron mulas de carga para compartir glorias con sus camaradas.

Pese a que La Serna y Canterac intentaron reagrupar a sus tropas e incluso llegaron formar a la Gerona en la llanura, se comprobó el gran servicio que Olañeta había prestado a los independentistas. El Gerona no era esa unidad de Torata y Moquegua, la rebelión del vasco había costado a ese regimiento todos sus veteranos e, incluso, su jefe, Cayetano Ameller, un destino similar al que corrió el Fernando VII.

A la una de la tarde, José de la Serna y Martínez de Hinojosa, I conde de los Andes y virrey del Perú, caía prisionero junto a casi todos sus oficiales. Sólo Valdés, en la lejana ala derecha siguió combatiendo por un rato más hasta que se retiró a las alturas de su retaguardia donde se unió a 200 jinetes agrupados en torno a Canterac y otros soldados dispersos a punto de sublevación contra sus oficiales. Sin tener dónde ir, estimaron que el galante Sucre sería una mejor opción que el mico de Olañeta y decidieron capitular.

“La batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana, y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta, y su ejecución divina”, escribió Bolívar.

Se rendían los un virrey, un teniente general, cuatro mariscales, nueva brigadieres, 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 484 oficiales y 2.000 soldados.​

El anuncio en Lima del triunfo resaltaba que la victoria era “el último monumento que faltaba para la gloria del ejército libertador” y recalcaba que que en esas pampas se decidió “si el mundo debe gobernarse por el poder absoluto de los que se llaman legítimos, o si es llegada la época en que los pueblos gocen de sus libertades y derechos”.

Cuzco caería ante las tropas de Agustín Gamarra el 23 de diciembre.

La capitulación de Ayacucho

“Don José Canterac, teniente general de los reales ejércitos de S. M. C., encargado del mando superior del Perú por haber sido herido y prisionero en la batalla de este día el excelentísimo señor virrey don José de La Serna, habiendo oído a los señores generales y jefes que se reunieron después que, el ejército español, llenando en todos sentidos cuanto ha exigido la reputación de sus armas en la sangrienta jornada de Ayacucho y en toda la guerra del Perú, ha tenido que ceder el campo a las tropas independientes; y debiendo conciliar a un tiempo el honor a los restos de estas fuerzas, con la disminución de los males del país, he creído conveniente proponer y ajustar con el señor general de división de la República de Colombia, Antonio José de Sucre, comandante en jefe del ejército unido libertador del Perú”, comienza al acta de rendición que más que un acta de rendición es un convenio político y entre cuyas consecuencias inmediatas podemos enumerar:

  • Entrega de todo el territorio “hasta Desaguadero” y lo que quedaba del ejército español: guarniciones, caballos, y todo lo que pertenezca al gobierno español.
  • Los soldados españoles podían regresar a su país y el gobierno de Perú debía subvencionar la mitad de sus sueldos mientras en su suelo y costear sus pasajes. Se prohibía que vuelvan a tomar las armas contra América o viajar a un territorio aún ocupado por España.
  • Los soldados españoles podían permanecer en el Perú y ser admitidos en su ejército.
  • Las personas no podrían ser incomodadas si previamente habían trabajado u opinado a favor del rey, siempre que sus conductas no vayan contra las leyes peruanas.
  • Siempre que sus conductas no atenten contra la causa, se respetaría la propiedad privada de españoles que se hallaran fuera del Perú, pudiendo disponer de esta hasta después de tres años, además que se garantizaba lo mismo para los americanos que tuvieran intereses en España.
  • El gobierno debía garantizar que todo soldado del ejército español o empleado que deseara dejar su trabajo y permanecer en el país sea respetado.
  • El ejército español enviaría a sus jefes, acompañados por el ejército libertador, a las provincias unidas para entregar todos los archivos, almacenes, existencias y tropas. Las provincias deberían ser entregadas en quince días, y los pueblos más lejanos en un mes.
  • Amnistía: los jefes y oficiales prisioneros de uno y otro bando en la Batalla de Ayacucho y acciones anteriores serían liberados. Los heridos serían auxiliados por cuenta del erario del Perú hasta restablecerse.
  • Los generales, jefes y oficiales podrían conservar sus uniformes y espadas, además de los asistentes y criados correspondientes a su clase, siempre que se sujeten a las leyes peruanas.
  • Perú debería facilitar pasaportes a los soldados del ejército español que deseen migrar, así como a sus familias.
  • Toda duda de los artículos se interpretarían a favor del ejército español, apelando a la buena fe de los que firman el pacto.

Mientras se firmaban estas capitulaciones, el mariscal Pío Tristán -el general vencido por Belgrano en Salta y que fue liberado tras jurar no volver a tomar las armas contra la independencia de América, cosa que cumplió- a instancias de la audiencia de Cuzco sustituyó a La Serna como virrey pero a los pocos días firmó las capitulaciones.

El viejo imperio había muerto.

Las noticias tardaron cinco meses en llegar a un Madrid donde la Gaceta borbónica publicaba intensas notas sobre victorias imposibles que anunciaban una y otra vez la derrota y captura de Simón Bolívar. Cuando llegó la verdad, fue publicado en un suelto en los interiores como si se tratara de un suceso pueblerino menor.

En la península se especuló con que la derrota estaba pactada y acusaron a la masonería por ese acuerdo que no respetaba “Patria, Dios, Rey” y acusaron a las logias masónicas de haber auspiciado esta componenda, una postura avalada por los absolutistas que acusaban a los oficiales ayacuchos de haber perdido “masónicamente”, a lo cual García de la Camba respondió: “Aquello se perdió, mi general, como se pierden las batallas”

Lo cierto es que las bajas no apoyan la teoría conspirativa: los patriotas contaron 370 muertos y 609 heridos mientras que las realistas contaron 1.800 muertos y 700 heridos, un porcentaje de mortandad por encima de la media de la época.

El último virrey

Virrey La Serna

Tras el triunfo, Bolívar ordenó a Sucre que entre al Alto Perú cometido que cumplió el 25 de febrero de 1825. Allí tomó contacto con los mismos insurgentes altoperuanos y estableció un gobierno en La Paz mientras que Olañeta permaneció en Potosí donde se reforzó con el batallón de José María Valdez que estaba asentado en Puno y decidió continuar la resistencia en nombre de Fernando VII para lo cual distribuyó sus tropas entre la fortaleza de Cotagaita con el batallón Chichas al mando chicheño coronel Carlos Medinacelli, mientras que Valdez fue enviado a Chuquisaca y el Olañeta se dirigió rumbo a Vitichi tras apoderarse de 60.000 pesos de oro de la Casa de la Moneda potosina.

Era el final. En Cochabamba se sublevó, el coronel José Martínez junto con el primer batallón Fernando VII, mientras que en Vallegrande el brigadier Francisco Aguilera sublevó al segundo batallón de esa unidad lo que posibilitó que el patriota José Manuel Mercado ocupe Santa Cruz de la Sierra, mientras que Pedro Arraya se hacía con Chayanta y Francisco López se haga con Chuquisaca.

Olañeta se habrá enterado qué tan sólo estaba cuando Medinaceli junto con sus trescientos soldados se sublevaron y se enfrentaron el 1 de abril contra su viejo jefe en Tumusla al que derrotaron y mataron el 2 de abril.

Unos días después, el 7 de abril, Valdez se rindió en Cotagaita ante el paceño José María Pérez de Urdininea.

Días después, el 7 de abril, perseguido por Medinaceli y Burdett O’Connor, José María Valdez al frente de 200 supervivientes se rindió en Chequelte, ante el general Urdininea, poniendo fin al dominio español en el Alto Perú.

Tres meses más tarde, Fernando VII concedió a Olañeta el nombramiento de virrey del Río de la Plata.

“Si la batalla de Ayacucho significó la derrota política y militar de las colonias españolas en Sudamérica, la batalla de Potosí representó un golpe aún más duro, el corte umbilical entre el cerro de Potosí y España… ¡Oh Potosí, cuanto te debe Europa”, escribió años más tarde Canterac.

Bolivia, la república de Bolívar

Simón Bolívar

Con ese mapa ya sin realistas, salvo los empecinados de José Ramón Rodil en El Callao y que se rendirían en enero de 1826, Bolívar logró y obtuvo la aprobación de los congresos del Perú y del Río de la Plata para ratificar la decisión de Sucre de convocar un congreso soberano del Alto Perú que manifestó su voluntad de independencia de ambas entidades sudamericanas.

La asamblea no sólo declaró la independencia sino que bautizó a la nueva nación como República de Bolívar, designado Padre de la República, titular supremo del Ejecutivo vitalicio, con “honores de Protector y Presidente”, ​cargos que Bolívar agradeció pero declinó en Sucre, ahora conocido como “Mariscal de Ayacucho”.

Así, la Asamblea Deliberante constituída en Chuquisaca declaró el 6 de agosto de 1825, fecha de la batalla de Junín ganada por Bolívar, la independencia. El presidente de la asamblea y redactor del acta fue José Mariano Serrano, el potosino que en 1816 fue uno de los 36 firmantes del acta de la independencia argentina.

“El mundo sabe que el Alto Perú ha sido en el continente de América, el ara donde vertió la primera sangre de los libres y la tierra donde existe la tumba del último de los tiranos. Los departamentos del Alto Perú,protestan a la faz de la tierra entera, que sus resolución irrevocable es gobernarse por sí mismos”, impone el acta.

Los fantasmas del Perú

Qué quimera habrá guiado la rebelión, en enero de 1828, del cura José Rafael de Salvatierra y Chaves, de la villa de Vallegrande, contra las autoridades bolivianas y que motivó que Francisco Javier Aguilera, el matador de los patriotas Manuel Asencio Padilla e Ignacio Warnes, reúna a un par de centenares de hombres, en su mayoría antiguos realistas, que lo proclamaron “General en Jefe del Ejército Real”​ que ocupó Vallegrande en nombre de Fernando VII.

Aguilera resistió por varios meses en la zona oriental de Bolivia y amagó con tomar Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra hasta que fue cercado por el coronel Anselmo Rivas, quien le ofreció rendición y un salvoconducto a España, oferta que Aguilera rechazó.

Capturado, fue fusilado en Vallegrande y sus cabeza junto con la de otros seguidores fueron expuestas en la plaza.

España empecinada

Pese a la derrota, la corte de Madrid siguió en su propios mundo y en sus guerras fratricidas, herencias del miserable Fernando, la lujuriosa Amalia, la tonta de su hija y el subnormal de su hermano.

Así fue que entre guerras y asonadas, la corte de Madrid recién reconoció la independencia de Ecuador recién en 1840, Chile en 1844, Venezuela en 1845, Bolivia en 1861, Argentina en 1863, Uruguay en 1870, Perú en 1879, Paraguay en 1880 y Colombia en 1881.