Los acontecimientos que se viven con la guerra desatada por Israel contra Irán alimentan posiciones encontradas sobre una realidad extremadamente compleja en Medio Oriente.
Está plenamente aceptado el derecho de un pueblo a tener un territorio y formar un país, como sucede con Israel desde 1948. Pero eso no implica avalar todas las políticas que lleva adelante como Estado, ni aceptar prácticas que confunden decisiones políticas con la fe religiosa.
Judaísmo es fe, tradición y pueblo. Más de 3000 años de historia. Se es judío por religión, por madre, por conversión o por identidad cultural, aunque no se practique. Existe con Estado o sin Estado, con Templo o en diáspora.
El sionismo es un movimiento político nacido en el siglo XIX cuyo objetivo es la autodeterminación judía y la creación de un país. Hay sionismo religioso o laico, socialista o capitalista. Existen judíos antisionistas, judíos no sionistas, sionistas que no son judíos, e israelíes que no son judíos.
Confundir sionismo con judaísmo no ayuda a comprender el problema.
Quienes criticamos y nos oponemos a las acciones de Benjamín Netanyahu en Gaza y ahora en el Líbano no estamos en contra ni del pueblo ni de la religión judía, estamos en contra de la conquista territorial sostenida en el asesinato de familias indefensas, en el exterminio de pueblos enteros y en la destrucción de sus ciudades.