Duele que un presidente argentino elija el agravio y la descalificación para dirigirse a otro jefe de Estado. La agresividad y el insulto nunca deberían ser el camino de nadie, mucho menos de quien tiene el honor y la enorme responsabilidad de representar a toda la Nación Argentina.
Basta de agravios y de insultos. No solo hacia presidentes de otros países, sino también hacia periodistas, adversarios políticos y ciudadanos. Muchas veces, incluso, mediante acusaciones infundadas que no buscan construir, sino lastimar y dividir. El insulto y la descalificación son formas de violencia verbal. No aportan argumentos ni fortalecen el debate democrático; solo ofenden, desacreditan e intentan invalidar al otro.
Duele aún más cuando esas expresiones están dirigidas hacia Brasil, un país hermano y nuestro principal socio comercial, con el que compartimos historia, fronteras, trabajo y buena parte de nuestro destino.
Juan Domingo Perón advertía que la grandeza de una Nación no se construye desde el enfrentamiento, sino desde la unidad y el respeto. El poder existe para servir, no para humillar.
Podemos pensar distinto, podemos defender proyectos diferentes. Las diferencias son propias de la democracia, pero el respeto entre las naciones nunca debería perderse. Porque detrás de cada declaración desafortunada hay trabajadores, productores, empresarios, comerciantes y familias que pueden verse perjudicados.
La Patria no se engrandece levantando muros ni alimentando enfrentamientos. La Patria se fortalece tendiendo puentes, promoviendo el diálogo y defendiendo los intereses de nuestro pueblo con firmeza, pero también con prudencia y respeto.
Quien ejerce la Presidencia no solo gobierna: también representa la imagen, la palabra y la dignidad de todos los argentinos ante el mundo; por eso, la templanza, la diplomacia y el respeto no son signos de debilidad; son cualidades de un verdadero estadista.
Ojalá prevalezcan la prudencia y vuelvan a ser herramientas de concordia, cooperación y crecimiento compartido. Porque cuando se insulta a un país hermano, no se hiere solamente a un gobierno: también se resiente la confianza entre los pueblos, confianza es un patrimonio que cuesta años construir y apenas unos minutos destruir.
Como dice el viejo refrán bíblico: “el que siembra vientos, cosecha tempestades”. Y en la política exterior, además, se termina dañando el interés nacional. Por el bien de la Argentina, de Brasil y de toda nuestra América.