A 68 años del fallecimiento de Evita


Aquel aciago 26 de julio de 1952, cerca del mediodía, María Eva Duarte de Perón pronunciaba sus últimas palabras “Me voy, la flaca se va, Evita se va a descansar” llegó a escuchar su enfermera,el anuncio oficial emitido ya entrada la noche, decía que a las 20.25 horas había fallecido Evita, Jefa Espiritual de la Nación.

Con las fuerzas que se le conocían, a pesar del padecimiento que fue demoliendo su salud, mantuvo constantes gestos hacia sus queridos descamisados y en apoyo incondicional a su compañero. En noviembre de 1951, votaba desde su cama, todo un símbolo por el grado de participación de la mujer en la política nacional que había conseguido con mucho empeño.

En mayo de 1952 realizó su último discurso, trataba de motivar a las masas que la aclamaban, a pesar de lo que decía no podía ocultar lo que su cuerpo mostraba “Otra vez estoy en la lucha, otra vez estoy con ustedes, como ayer, como hoy y como mañana”.

Contra toda recomendación asistió al acto de asunción del segundo gobierno de Perón, lo hizo con una estructura fabricada por personal de la residencia presidencial que sostenía su cuerpo y le permitía mantenerse en pie.

En su breve vida pública marcó profundamente la Argentina de mediados del siglo pasado y su recuerdo llega hasta nuestros días. 

Desde el espacio que supo conquistar en un sistema político construido desde una sociedad machista, que relegaba a las mujeres a sitios decorativos, puso en acción la ayuda social que venía a resolver años de olvido de los más humildes. Y el torbellino de su tarea solo pudo ser frenado por la enfermedad que disminuyó notoriamente su salud a partir del año 1951.

Su obra es amplia y su mensaje es ejemplo. Supo transformar las palabras en actos, no se quedó en enunciados vacíos, sino que convirtió los textos hasta entonces vacíos, en hechos que cambiaron las condiciones materiales de cientos de miles de compatriotas y, aún más trascendente, produjeron profundos cambios en la conciencia de los argentinos. Luego de ella nada volvió a ser lo mismo, especialmente para los más sumergidos.

Su figura se transformó en puente de los más necesitados para demostrar con su prédica que una Argentina con justicia social era posible, porque la pobreza y e indignidad no eran naturales a la condición humana y podían ser modificadas si había voluntad y decisión política.

Recordar a Eva Perón a 68 años de su fallecimiento es una manera de mantener viva esa práctica que nos dejara de enseñanza, el compromiso con quienes menos tienen.

Imaginar por estos días a Evita, en un ejercicio que nos permitiese tenerla entre nosotros en esta especial circunstancia derivada de la pandemia de coronavirus, nos llevaría a verla pidiendo que nos cuidemos, que le prestemos especial atención a los niños, los ancianos y los más vulnerables; querría que preserváramos la vida como valor supremo; y reclamaría dejar de lado intereses mezquinos, cálculos políticos chiquitos, en aras de tirar todos juntos del carro, para sacar a la Patria de esta encrucijada.

Evita llamaría a levantar puentes y derribar muros, para encontrar acuerdos en los temas que nos unen y superar los que nos dividen; con la mirada puesta en el futuro, para las nuevas generaciones, y no tanto en el pasado, donde los viejos rencores nos seguirán inmovilizando.