La corona del virus es el pánico


“El hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma.”

Albert Camus, La peste.

“La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar”, sostiene Albert Camus en La peste.

En estos tiempos de Covid-19 hemos visto varios ejemplos de dos fenómenos derivados de la estupidez: la prepotencia y el egoísmo. Así pudimos enterarnos de gente que se niega a cumplir la cuarentena al punto de golpear a otros y asistir al espectáculo de hordas de consumidores asolando negocios para acopiar provisiones con una desesperación propia de una invasión zombie.

Si bien este tipo de conductas son las más visibles, hay otras que tal vez no tengan esa cuota de escándalo pero que pueden ser tan o más peligrosas pues su propia pequeñez las invisibiliza y las vuelve, así, potencialmente letales: aglomerarse, reunirse sin necesidad, no cumplir normas elementales de higiene…

La matemática de la compra

Al respecto, quiero compartir algunas sugerencias para evitar el pánico que lleva a saturar supermercados, comprar alimentos innecesarios y crear desabastecimiento que no es otra cosa que gastar de más sin necesidad y, al mismo tiempo, quitarle a otro la posibilidad de adquirir ese producto que sí necesita.

El primero es -obviamente- no comprar de más sino en función de la prioridad y el uso.

Luego, se recomienda hacer una lista de compra, no sólo para evitar olvidos y, así, salir lo menos posible sino para organizar la actividad cotidiana. Por ejemplo, pensar “¿cuántas veces voy a comer pollo durante los próximos 15 días?”.

Si vamos a necesitar 250 gramos por persona y por comida y somos tres personas esto da 750 gramos. Si pienso comer tres veces, son 2.250 kg. Es decir, un pollo mediano. Es decir, matemática. De paso, los pequeños que no están yendo a la escuela pueden tener una interesante practica de regla de tres.

Es decir comprá un pollo, no media docena. Y así con todo, no vas a consumir dos docenas de latas de durazno en dos semanas.

El desabastecimiento, se crea.

Seamos conscientes.

Otra recomendación: tener los alimentos no perecederos como prioridad para que el freezer y la heladera se destinen a cosas necesarias como en el caso de las carnes a las que se recomienda porcionar y congelar. No guarden un pollo entero o un costillar. Dejemos eso para tiempos más propicios.

En el caso de los lácteos es mejor comprar la que viene envasada en cartón o la leche en polvo -en especial si se consume mucho- para almacenar sin ocupar espacio en la heladera y dejarlo para queso, yogur o vegetales.

Los huevos son fuente de vitaminas, proteínas y grasas, se cocinan de muchas maneras y siempre te salvan. En el caso de las verduras tené en cuenta que las de hoja duran poco en la heladera, así que procesalas y al freezer. En cambio zapallitos, ajíes, zanahoria, papa, batata, la berenjena, calabaza y cebolla son muy gauchitos. No compres una docena de sandías, no tenés una posada en la playa.

No sigas rumores, audios apócrifos de WhatsApp

y no te dejes ganar por el miedo.

El pánico hace que para evitar el riesgo de quedarnos sin una lata de paté nos hacinemos en esas granja de virus que son los espacios cerrados en los que compartimos toses, salivas y mocos que luego compartiremos con nuestra gente. Un secreto: esa lata de paté, ese paquete de papel higiénico o ese limpiador lo vende el almacén de al lado, la perfumería de a la vuelta o el kiosco de enfrente. Otra cosa: no sigas rumores, audios apócrifos de WhatsApp y no te dejes ganar por el miedo. Es tan peligroso el que le pega al portero que le indica que debe guardar cuarentena como el que toma por asalto una guardia rodeado de ocho familiares porque el nene estornudó una vez.

Ética del cuidado contra ética del miedo

En su sitio de Facebook el profesor de Filosofía Diego Singer cuenta que año pasado su padre estuvo a punto de morir por “una neumonía muy grave producida por el virus de la gripe A”. En primera persona narra su vivencia de hijo cuyo padre pasó “de estar en su casa con fiebre y tos”, a yacer “en coma farmacológico con médicos que te explican que están haciendo todo lo posible, pero no saben si va a ser suficiente.”

Por suerte, su padre tras pasar “quince días intubado” y superar “por un pelo” se encuentra completamente recuperado. Lo que Singer busca advertir es que desde la ciudadanía es necesario “constituir éticas y políticas del cuidado y no confundirlas y reducirlas a éticas y políticas del miedo.”

“Una ética del cuidado se distingue de una ética del miedo porque tiende lazos en lugar de aislarse”, reflexiona Singer.

A diferencia del virus, controlar el pánico depende de nosotros. Y es tan o más importante que el alcohol en gel.

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